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Nota editorial | El populismo de los giles

Por Cristian Muriel | Está estadísticamente demostrado que las personas que pierden a un familiar por causa de terceros no buscan venganza sino que les devuelvan al ser querido. Si pudieran elegir, borrarían del mapa ese registro fatal. Inconscientemente a los argentinos nos pasa lo mismo: no queremos linchar a Macri -no tanto, no todos-: queremos volver al 2015 y ver cómo seguimos; hacer de cuenta que esta experiencia deletérea no pasó. Pero la máquina del tiempo, como ya lo explicó debidamente H.G. Wells, no anda bien marcha atrás, lo que nos obliga a sobrellevar el duelo como podamos y escapar hacia adelante.

Ahora mismo estamos metidos en un berenjenal que obligó a Alberto Fernández a trabajar de estadista desde agosto, después de ser elegido Presidente por Cristina pero antes de ser votado por el resto de los mortales. En su búsqueda por generar un shock de confianza para adentro y para afuera intenta sacar ventaja de tres elementos favorables: el enorme respaldo popular expresado en las PASO, la metida de pata del FMI al jugarse el pellejo por Macri y su consecuente obligación de resarcirse, y la histórica capacidad de pago de los gobiernos populistas argentinos -peronistas, para ser exactos- que levantan los muertos que dejan las aventuras neoliberales. Sólo tiene que aclarar a quien quiera oírlo que el presidente será él y que volver a 2015 no es una opción.

Incluso los que votaron por la caída del cepo K -para sacarla del país antes de que se precipitase un nuevo cepo- ahora votarán a un gobierno peruca y con un poco de suerte primero la juntarán de a puchitos y después en pala; a un par de años vista empezarán a socavar el modelo de los negros con pretensiones para llegado el caso sortear alegremente las restricciones cambiarias, siendo la cuestión de clase un dato de color, y volverán los globos a pintar el cielo y los boludos con vista al mar a bailar en el balcón de La Rosada. Es nuestro capitalismo tilingo, son los que se sientan en la primera fila cuando monseñor Dus dice la misa y asienten como sus antepasados desde la época de la bula “Ecclesiarum omnium cura”, en tanto el resto de la semana lavan y fugan guita, escolasean, aprietan gobiernos, llevan denuncias anónimas a la fiscalía federal y negrean trabajadores.

Por eso el optimismo desmedido mientras se viene el mundo abajo, la esperanza disfrazada de plan de gobierno, la necesidad de apretar los dientes y meterle para adelante, es un folclore que a los beneficiarios de estos ciclos de vaciamiento capitalista que oscilan entre el populismo de los giles, el neoliberalismo de los vivos, y de vuelta el populismo, les importa bien poco, pero al resto de los mortales, al laburante, al desocupado, al poeta y al señor del quiosco, los determina.

No vamos a contarle las costillas a nadie, pero dado que los acuerdos programáticos son como el slime, esa masilla blandita con textura de moco que usan los chicos para bajar el estrés, es dable afirmar que ni los que se van son todos unos delincuentes y unos inútiles, ni los que vuelven son carmelitas descalzas: son los mismos actores que van y vienen como las recurrentes alianzas de George Orwell para mantener el equilibrio del mundo; maestros del eterno retorno, Zaratustras. Es el ciclo sin fin del Rey León. Así que nada: parafraseando a uno de los beneficiarios de los planes sociales para la high society que tanto nos alegra las mañanas: “Ojaladiosquiera que no sequivoquemo”.