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Qué sal | Nota editorial

Por Cristian Muriel | A Peppo le tocó gobernar con viento en contra. Y con lluvia. Arrancó cuando la década ganada había terminado; le judicializaron la gestión, le encarcelaron funcionarios y también lo amenazaron con meterlo preso; en CABA lo hicieron firmar los pactos más degradantes a cambio de nada, y tras campear la emergencia hídrica se jugó por un frente electoral en el que el único perdedor fue él.

Con las Topper náuticas parecía que se vestía de héroe, pero su falta de nervio y de proyecto político lo condenaron. Que Roberto Acosta, un correveidile de Desarrollo Social, y Jessica Ayala, amiga de su hija y secretaria de Nadia García Amud durante su gestión en Legal y Técnica, sean los ministros más importantes del último tramo de su gobierno y los sobrevivientes del peppismo en la Legislatura, lo certifica.

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Uno imagina a Peppo esperando durante horas en una recepción vacía, sentado en el borde de un sillón de cuerina en algún edificio de la avenida Paseo Colón o del barrio de Congreso mientras hojea ausente una carpetita plastificada, repasa los títulos de las tablas de Excel y contesta mensajes de Whatsapp.

–El Ministro está en una reunión pero enseguida lo va a atender el Director, –le dice la secretaria y, cortés, le ofrece un café automático.

–Gracias querida, gracias.

Ni siquiera importa que sea mentira. De eso se trata, a fin de cuentas: de fintas, de dribleos. Del arte de la impostura, como decía Sun Tzu.

El tiempo vuela. Desde una ventana al final del pasillo se ven las primeras luces de los edificios y los puntitos rojos y blancos de los autos que van y vienen por la avenida. Se abre una puerta y del interior llegan voces y risas que se apagan en cuanto ésta se vuelve a cerrar. Peppo comienza a aburrirse y se pregunta a dónde fue Ocampo y por qué no le contesta los mensajes. Media hora después salen dos hombres que cree haber visto en el programa de Fantino, se despiden a los gritos, pasan frente a él rumbo al ascensor, desaparecen. Sin levantarse, la secretaria le señala la puerta:

–Adelante, Gobernador.

En la oficina con muebles de estilo Chippendale hay olor a humo de cigarro y a desodorante de ambiente. El Director se disculpa por la ausencia del ministro pero no por la demora, como si fuera evidente que todo se trata de la espera. Todavía de pie, Peppo le alcanza la carpetita de plástico.

–No, Domingo, dejásela a Gisela cuando salís, –dice y sirve whisky en dos vasos–. Hablemos de lo importante: ¿hielo?

Ríen. El Director le indica con un gesto que se siente y va rápidamente al grano:

–No va a haber un mango, Domingo, pero tenemos crédito y buenas calificaciones de J.P. Morgan. Hablá con tus diputados para que te voten un empréstito y nosotros hablamos con los nuestros para que no lo boicoteen. Después acá te avalamos todo. Con los ajustes que hicimos, en seis, siete meses empiezan a llegar las inversiones y el préstamo se paga solo.

–Ta dura la mano, ¿eh?

–Muy dura.

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Haber dejado la conducción de la cosa pública en manos del melancólico Domingo Peppo fue parte de la misma concatenación de hechos políticos, sociológicos y psicológicos que llevó a los chaqueños a ser gobernados durante un año y pico por Juan Carlos Bacileff Ivanoff, cuando en realidad habían votado a Jorge Capitanich. Votarlo a Peppo fue eso, literalmente: votar a Capitanich, votar a pedido de Capitanich.

Pero de nada sirven los lamentos y los contrafácticos. Deviene abstracto imaginar un epílogo diferente de la aventura gubernativa del abyecto Mauricio Macri si el gobierno chaqueño hubiese estado encabezado por Aurelio Díaz o por Eduardo Aguilar. Además, en un país tan centralista el Presidente lo es todo, y si alguien pensaba que Carrió era el hemisferio salvaje de Mauricio se equivocó de cabo a rabo: el salvaje unitario siempre fue él.

La última devalueta, la del 12 de agosto, fue deliberada, duplicó la inflación del mes y trajo sufrimiento a millones de personas. De ese desaguisado nacieron primero las medidas más populistas del último siglo, y después infinidad de conflictos transversales y simultáneos, federales y sub-nacionales, políticos y sociales.

El prolongado silencio de Domingo Peppo, sus largas esperas para que lo atendieran en Buenos Aires, sus gestiones avalando cada bajada de línea del FMI, no determinan el curso de la historia pero son una contribución necesaria para que las cosas terminen así.