Por qué nuestros dirigentes se nos parecen tanto

Opinión Política

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Por Cristian Muriel | Alguien corrió la bola de que Jesús instaba al Pueblo a no pagar impuestos: para los romanos eso era alta traición. La acusación inicial del Sanedrín había sido que el Cristo profanaba los sábados, que invitaba a sus seguidores a tomar su sangre y a destruir el templo, lo cual era más o menos cierto pero no había dado resultado porque Poncio Pilatos no era judío. Convertir a Jesús en subversivo fue brillante: consiguieron crucificarlo y encima dejaron registro histórico de una de las primeras ‘fake news’ que le salió bien a sus propaladores.

Dos mil años después Joseph Goebbels, el Ministro de Propaganda de Hitler, le dio forma de manual al uso político de la información sabiendo muy bien que las noticias son piezas literarias, pequeños relatos, diminutos inventos, y que los apetitos del público son siempre los mismos (hay temas universales, como lo entendieron Sófocles 450 años antes de Cristo y Shakespeare en el siglo XVI).

Pero nadie estaba preparado para la revolución posta. En los últimos años del siglo XX el mundo pasó de 130 páginas web a 15 millones, y en los siguientes quince años 3500 millones de personas se conectaron a Internet. En 2020 habrá unos 20 mil millones de dispositivos entreverados en la “Internet de las cosas”. La comunicación como la conocíamos dejó de existir. Los valores asociados a esa comunicación, también.

A partir del siglo XIX, cuando la prensa gráfica monopolizaba la comunicación de masas, la radio, el cine y la televisión paulatinamente aportaron complementariedad, pero unas pocas décadas más tarde la Internet se los llevó puestos a todos. Cambiaron las condiciones materiales de la comunicación. Hoy quedan sólo remedos: la radio es online, la tele es online, los portales de noticias son “medios tradicionales”, y las nuevas formas de comunicación se nos escapan entre los dedos tan pronto creemos haberlas aprehendido.

En el proceso pasaron cosas buenas y malas. Quedaron expuestos los “hilos” de los medios tradicionales, su construcción de sentido, sus intereses, su “literatura”. En los ochenta el dirigente radical César ‘Chacho’ Jaroslavsky advertía por Clarín: “Hay que cuidarse de ese diario, ataca como partido político y si uno le contesta se defiende con la libertad de prensa”. En 2011, cuando trabajadores gráficos encabezaron un bloqueo que impidió la distribución del matutino, Clarín dijo que estaba en riesgo la libertad de expresión y que, por supuesto, detrás estaba Cristina. El periodista Roberto Caballero clarificó el panorama: “Si la vara para medir la libertad de expresión es que Clarín llegue o no al kiosco, cualquier desprevenido puede creer que durante los siete años que duró la dictadura cívico militar, la libertad de expresión funcionó a pleno en la Argentina porque Clarín no dejó de aparecer ni un solo día”. Lo único que quería Clarín era voltear a Cristina; fue una buena noticia que se le vieran los hilos.

En el proceso, mientras la Internet disolvía los medios tradicionales, la calidad de la comunicación también sufrió un deterioro inexorable, no porque algunos modelos de negocio hayan volado en mil pedazos, como les pasó a los diarios y a las radios y a la tele –hoy pauta-dependientes–, o a los grandes estudios discográficos del siglo XX devenidos en criaturas imaginarias en el siglo XXI. Paradójicamente, eso que llamamos “democratización de la comunicación” tuvo la culpa, cuando dejaron de hablar sólo “los medios” y comenzaron a hacerlo también los “usuarios”. El “medio” no desapareció: se solapó bajo una montaña de emojis y memes y frases cortitas mientras un elaborado mecanismo de desplazamiento operaba la transformación cultural más profunda de los últimos siglos. De pronto todo era relativo y que la Tierra fuera redonda era materia opinable, y vos y tus teorías podían irse a la mierda. Y te bloqueaban. Había vuelto la Edad Media, el oscurantismo. La gente se hizo más estúpida, los estúpidos empezaron a gozar de una fama inesperada, las frases que nunca escribió Jorge Luis Borges se hicieron virales y las siguieron las que sí había escrito Paulo Cohelo.

La democratización de la comunicación es un fenómeno complejo que a un golpe de vista plantea que la “verdad” resultante del escrutinio público en las redes sociales es más importante que la “verdad” de cualquier comité científico o político. Una encuesta de Facebook mata dos mil quinientos años de cultura en un santiamén. El presidente del país más poderoso del mundo es un tuitero compulsivo que no intenta persuadir a sus seguidores a través de las vías formales, y sabe que de esa forma además clausura la réplica de sus adversarios o la limita a hilos de 280 caracteres.

Este es el Hombre Nuevo. Por eso nuestros dirigentes políticos se nos parecen tanto.