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El Plan Latinoamericano y el Plan Argentino | Por Cristian Muriel

Hay un “Plan latinoamericano” y por ende un “Plan argentinoMade in Usa para acelerar la desintegración de los proyectos populares en el continente. También hay lobbys de las oligarquías locales que buscan restaurar sus privilegios y se benefician de la necesidad imperial de tener leales haciéndose cargo del “vacío de poder” impulsado por ellos mismos.

La misma perspectiva etnocéntrica por la que no nos reconocemos como parte de la caterva de indios y criollos que habitan Bolivia o Paraguay, nos impide asimilar el “Plan argentino” al “Plan latinoamericano”, pero cuando se analizan las intervenciones yanquis por la vía diplomática, de las Oenegés, del lawfare, de las “políticas de transparencia”, de los medios de comunicación que hegemonizan la palabra, en todos los países dicho Plan salta a la vista con claridad meridiana. También en Argentina. Es imperativo mirar más allá de nuestras narices: lo que Juan Perón denominó hace años “la verdadera política”, es decir, la política internacional.

Aún para los argentinos que superan la idea de que lo que pasa en Chile o lo que pasa en Bolivia se explica como desenfreno de la izquierda si no es gobierno, o corrupción de la izquierda si lo es, queda pendiente entender que la estabilidad de las administraciones latinoamericanas, incluida la Argentina, depende de sus soportes formales e informales, y que de un lado está la legitimidad popular y los intereses del pueblo, en el medio está la legalidad y la plasticidad de las instituciones, y del otro están los intereses de EEUU y las élites.

EL PLAN CONTINENTAL
El caso de Bolivia expone el ABC del “Plan latinoamericano”, es decir, también, del “Plan argentino”: el fallido intento secesionista y de golpe de Estado de 2008 se puede leer como el antecedente directo del golpe actual. En aquella ocasión, el apoyo de EEUU a las movilizaciones opositoras fue denunciado por el gobierno de Evo Morales cuando en pleno conflicto el embajador yanqui Philip Goldberg comenzó a reunirse con los líderes opositores y se defendió argumentando que había sido para entregar ayuda a las Olimpiadas Especiales y cooperación tecnológica a una Expo. Obviamente Evo lo expulsó del país.

Hay además un factor determinante que se suma a la ayuda externa de EEUU: el odio de clase y racial de las oligarquías ricas que se concentran en la llamada “media luna” del país, que más allá del intento de separación territorial y de golpe de Estado, produjo la tristemente célebre “Matanza de Pando” con cientos de indígenas asesinados o desaparecidos en manos de las fuerzas de seguridad de esa Prefectura. Las contradicciones hacia adentro de la sociedad boliviana, el odio a los indios, a la wiphala, antes y ahora son la condición de posibilidad de una articulación provechosa entre yanquis y bolivianos ricos para quedarse con los hidrocarburos del oriente y los recursos mineros del occidente.

Ese antecedente del golpe actual en Bolivia también evidencia la importancia de una Unasur sólida y consecuente con los valores de las democracias populares y de los derechos humanos en el continente. Su intervención operó como contrapeso a la orgía de sangre y violencia prohijada por EEUU en 2008: se encargó de investigar la masacre, respaldó al presidente Morales y advirtió que los países sudamericanos no aceptarían ninguna ruptura del orden institucional en Bolivia.

Diez años más tarde, en 2018, el carnal de EEUU, el canciller Jorge Faurie, confesó la intención de desmembrar esa herramienta continental: “La Unasur es una tribuna de discusión ideológica y política y es necesario discutir su utilidad”, sostuvo, y un año después se gestaba un nuevo golpe de Estado en Bolivia en el que no sólo la Unasur se mostró incapaz de reaccionar, sino que el presidente argentino Mauricio Macri estuvo al tanto varios días antes y se hizo el boludo.

EL PLAN ARGENTINO
Dos años antes de la Matanza de Pando, en 2006, hubo una reunión parecida a la que tuvieron Philip Goldberg y los golpistas bolivianos. Elisa Carrió, entonces candidata presidencial, tuvo una larga charla con el consejero político y segundo de la Embajada de EEUU, Michael Matera. En 2011 Wikileaks difundió el cable de Matera a sus superiores, en el que se leen las siguientes palabras de Lilita: “Kirchner será reelecto en 2007 pero no podrá modificar la Constitución para postularse de nuevo en 2011 porque caerá antes de tener la chance”, y en caso de hacerlo “la oposición necesita estar lista para asumir el poder cuando Kirchner caiga”. En lugar de mostrarse escandalizado por el mensaje golpista de Carrió, Matera la caracterizó como “una de las pocas líderes políticas argentinas que parece estar preocupada genuinamente por la salud de las instituciones democráticas”.

¿Puede haber un golpe de Estado en Argentina? No son pocos los que proponen mirarnos en el espejo de Bolivia, donde las fuerzas en disputa están en carne viva: en el Este, en la media luna con sus cuarteles centrales en Santa Cruz de la Sierra, está la derecha rica que quiso convertir al país en una federación de estados independientes para no tener que coparticipar ganancias al sesenta por ciento de la población, que es indígena. En el Oeste vive la mayor parte de la etnia originaria, los aymara, a los que los blancos, cuando cruzan a Santa Cruz, los matan por deporte, y que Evo sacó de la pobreza dura nacionalizando los recursos naturales. Esa mayoría indígena está parada sobre los mayores yacimientos de litio del mundo.

En el medio están las instituciones y la prensa, facilitadores que se entusiasmaron con el discurso del opositor Luis Fernando Camacho y avalaron el golpe semi-duro con el argumento de que la Constitución boliviana prevé el interinato ante el “vacío de poder”, como si Evo y Álvaro García Linera, cuando el ahora destituido jefe del Ejército les aconsejó renunciar, se hubieran ido por las buenas.

Si se puede decir que en Bolivia hubo un golpe, y a la vez que no hubo ninguno, es más fácil imaginar qué podría pasar en Argentina si el gobierno de Alberto y Cristina no cuenta con suficiente respaldo interno y externo. Hay un relato operativo con un alcance temible que no lo descarta en absoluto, aunque seguramente Clarín dirá que la crisis se cargó un gobierno.

FRAGMENTOS DEL RELATO
Este miércoles el periodista Ignacio Miri publicaba en el Gran Diario Argentino una de las últimas profecías autocumplidas de la derecha vernácula: que (siempre lo habían sabido) “La estrategia de Cristina Kirchner era a largo plazo”, pero a las afirmaciones que ya forman parte del cánon del relato anti K agregaba otra que enfatizaría el carácter destituyente y totalitario de la Vicepresidenta electa.

Recapitulando, primero se dijo que Cristina se autopostuló candidata a Vice para tener fueros parlamentarios, como si a) las causas en su contra, como la de las fotocopias de los cuadernos de Centeno, no estuvieran suficientemente viciadas de nulidad; y como si b) la compleja mecánica para retirarle la inmunidad a un Presidente por parte del Congreso (Ley 25.320) no fuera ya suficiente protección.

Después las redes se inundaron con la fake news de que Alberto Fernández estaba internado en el Sanatorio Otamendi: la excusa perfecta para hallar otra de las causas por las que Cristina se había autopostulado a Vice: saltar al poder en cuanto éste quedara inhabilitado para el ejercicio de la presidencia.

El golpe en Bolivia también le sirvió a la prensa para decir que la autopostulación de Cristina a Vice se debía a que había anticipado el clima golpista en el país hermano, y que viendo que la cosa podía expandirse a Argentina tomaba sus recaudos para que cuando una turba iracunda echara a Alberto de la Rosada, ella pudiese saltar al poder.

La hipótesis de Ignacio Miri, ahora, es básicamente la misma: que Cristina se autopostuló a Vice para buscar impunidad desplegando un plan tiránico de largo aliento que podría terminar incluso con Máximo como Presidente. A saber, todo el tiempo supo que Máximo sería el titular de la bancada mayoritaria en Diputados, y con ella como presidenta provisional del Senado el camino estaba allanado para el control bicameral de las leyes y de la Justicia, y desde luego para darle a su primogénito la visibilidad que necesita de cara a las presidenciales de 2023.

Si Macri se hubiese autopostulado vice de Alfredo Casero en lugar de convocar al piantavotos de Pichetto para que lo acompañe en la fórmula, Clarín hubiese visto en el expresidente de Boca al mayor estadista latinoamericano del siglo XXI.

ORIGEN DEL RELATO
La acción más brillante de Clarín y sus socios para relativizar los logros del gobierno de CFK hasta 2015, y a la vez para pararse del lado de afuera de la manipulación discursiva, fue acuñar el concepto de “Relato”, primero acompañado del adjetivo “kirchnerista” y después “relato” a secas: una obra maestra de la construcción de sentido. El ataque fue quirúrgico, al corazón de un gobierno populista que hacía de la epopeya su señal de identidad.

Clarín hizo como el que se tira un pedo en el colectivo y para desviar la atención pregunta “quién se cagó”: mientras “la gente” se “crispaba” con el “relato” de “6,7,8” y los curros de los “artistas K” como Fito que cobraba nosecuánto por tocar el 9 de Julio, construía el verdadero relato operativo: el que arrancó con “la Ruta del Dinero K”, con Jorge Lanata y Leo Fariña, y terminaría con los principales referentes del gobierno saliente yendo y viniendo a Comodoro Py durante cuatro años, cuando no presos.

Con el nuevo gobierno sobrevino el relato de la pesada herencia y la tele mostró en vivo y en directo a las excavadoras en la Patagonia buscando las bóvedas llenas de plata de Néstor; y mostró en el prime time los encarcelamientos preventivos-punitivos y la humillación festiva del exVice Amado Boudou y de Julio de Vido, por nombrar algunos; y difundió la causa de las fotocopias y cerró el cerco sobre el escándalo del D’Alessiogate para que nadie entrara a la cocina del lawfare.

Paralelamente desplegó una insólita pero eficaz ingeniería de propaganda para justificar primero el ajuste y luego la caída en desgracia de una parte de la sociedad a la que convenció de que tener luz, servicios baratos y una canasta básica accesible era el relato de un país planero y de chorros; que era como pedir flan cuando se incendiaba la casa. Entonces aparecía la cara de Macri enfadado con la tragedia de millones de argentinos, balbuceando como un portero que reparte culpas en una reunión de consorcio, y después venía el poeta Hernán Lacunza y redondeaba: “La Argentina parece un círculo en el que cada tanto se vuelve al mismo puerto. Este no es el puerto que soñamos. Durante este Gobierno se trabajó mucho en la sala de máquinas de ese barco, pero nos faltó el salón comedor y ese es el mensaje de las urnas”.

Tan poderosa fue la impronta de esta nueva clase de políticos y empresarios que convienen en trabajar juntos y con ayuda externa para que no vuelva el populismo, que Macri obtuvo cuarenta puntos en las elecciones generales.

El desafío es enfrentar ese relato conspirativo y golpista que se empezó a armar durante el último tramo del primer gobierno de Cristina, antes del famoso 54 por ciento, y no tiene solución de continuidad. Un relato con millones de pobres como correlato. El desafío es desarrollar vías alternativas y genuinas de acceso a la información veraz y a la verdad, mientras se reconstruye el tejido social atacando el hambre y la degradación de la educación pública.

Durante los próximos cuatro años la derecha argentina va a tirarle con todo lo que tiene al gobierno democrático de Alberto y Cristina. Ya lo está haciendo al insistir en que Cristina se prepara para echar a Alberto y quedarse con la suma del poder político. De ser necesario va a agudizar conflictos condicionando las políticas que vienen, como ya lo está haciendo al anticipar un nuevo lockout campestre en caso de que el nuevo gobierno intente poner retenciones a la producción primaria.

Cuando los dirigentes de Cambiemos decían que vinieron para quedarse, no lo decían pensando en un gobierno. Los gobiernos se ganan y se pierden. Van y vienen. Por eso hay que ser muy prudentes antes de decir “No vuelven más”. Por lo pronto están acá, y no tienen intención de irse a ninguna parte.