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La nueva Riquelmidad | Por Walter Vargas

Alejado de su elegida y confortable alternancia de mates y asados en Don Torcuato y mucho más expuesto de lo que estuvo a la suela de sus rivales en la cancha, Juan Román Riquelme asumió un desafío que pone en entredicho su prestigio sin dejar de ofrecer más bronce a su bronce.

Jugada maestra para algunos, vulgar traición de una persona codiciosa y gustosa de ponerse en subasta, Riquelme ha dado un insospechado volantazo que, ya es un hecho, ha calado hondo en el extendido y complejo universo de Boca.

Ya no habrá vuelta atrás: ni para Riquelme, ni para la abierta posición que ha tomado, ni para las internas institucionales que si no puestas bajo la alfombra tampoco prefiguraban una virulencia que en buena medida ha sincerado el otrora majestuoso número 10.

Por cierto, también se ha sincerado de una manera descarnada el océano que lo separa de Diego Maradona, con quien hace años carece de un vínculo que no sea el sostenido por los recelos, los celos y los rencores de lenta cocción en la hoguera de las vanidades.

Por el camino que fuere y a guisa de las motivaciones que fueren, el Román de hablar cansino, el que muy cada tanto asomaba en los canales de televisión para dar entrevistas a sus amigos periodistas, ha dado un salto de proporciones.

No se trata de la mera adhesión a una lista, aunque ya representaba un acontecimiento; se trata de la versión de un dirigente en campaña, que formula distinciones categóricas, que reclama votos, arenga, promete y arremete.

Un Riquelme flamante, contante y sonante, desentendido de la presunción de impericia dispensada por los sectores de Boca que representan otras políticas y también por los observadores neutrales que asocian el saldo negativo de las estrellas de la número 5 que un buen día vistieron de saco y corbata y apostaron alto.

De esas experiencias, que por cierto no son tantas, destacan dos con desenlace brumoso y adverso, Carlos Babington en Huracán y Daniel Passarella en River.

La tercera más elocuente, la de Juan Sebastián Verón en Estudiantes de La Plata, da cuenta de un libro en curso, escrito día a día, en el marco de una evolución que pone a la ‘Brujita’ que portaba el dorsal 11, a salvo de cuestionamientos inapelables.

De hecho, en estos mismos días Riquelme habló de lo bien que le habían caído ciertas palabras de Verón, que estaba dispuesto a compartir un café y recibir de buen grado los consejos que fuera menester.

Amén de que mucho antes de postularse a la presidencia de su club Verón ya había forjado una mirada más abarcativa, más institucional, pongamos, se hizo dirigente en la piel del dirigente, a los golpes y en medio del camino.

Del mismo modo, aunque en el caso de que su lista llegue a la conducción de Boca no será el presidente, ni el vicepresidente, ni quien se ocupe de los grandes trazos de las finanzas, Riquelme crecerá o se desdibujará en la fragua de las acciones concretas y de una travesía sin beneficio de impunidad.

Su bautismo, el que ha consumado desde que se metió de lleno en las elecciones de Boca y eligió un rumbo, ha gozado del vigoroso beneficio de la sorpresa y el impacto.

Pero como el partido, largo y complejo, recién ha empezado, quedará por ver cuánto del Riquelme crack en los campos de juego es capaz de impregnar al Riquelme dirigente en el delicado arte de tomar decisiones correctas.