La “poética”, la “ética” y el teatro de los 69 municipios | Por Cristian Muriel

Opinión Política Provinciales

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Las juras de ministros y diputados y ediles son de no creer. Las grúas, las cámaras, los drones orbitando a toda velocidad el campo en el que el público resuella; los sistemas de luces y las torres de sonido, el personal de seguridad que corre de aquí para allá, los vendedores que van y vienen; las acreditaciones para el VIP, la agitación de misa ricotera: todo es desmesurado, pantagruélico y premeditado. Arriba, los funcionarios recién designados, que ni a trabajar empezaron, desfilan con las glándulas inflamadas al son de la música a todo trapo como en una Recepción de fin de curso. Todos festejan el futuro. Lo conjuran. Le ofrendan pororó y cigarros y botellas de caña para hacerlo venturoso.

PRIMER ACTO
En 561 a.C., en Atenas, el joven Pisístrato se presenta en el ágora ante la asamblea popular, denuncia que recibió una feroz golpiza de sus enemigos políticos y pide protección. Le dan una guardia de cincuenta hombres con garrotes, pero en lugar de usarlos de guardaespaldas, con ellos ataca la Acrópolis y ejecuta un golpe de Estado. Está un año y medio en el poder hasta que es derrocado y enviado al exilio, pero cuando la situación económica empeora, las familias aristocráticas que lo habían echado lo van a buscar.

Ahora el problema es el regreso. Para convencer a los atenienses de que los dioses lo favorecen, Pisístrato entra a Atenas acompañado de una doncella muy alta disfrazada de Atenea, la deidad tutelar de la ciudad. Aunque parezca mentira, los ciudadanos le creen y puede gobernar otros cinco años hasta que lo vuelven a mandar al exilio, ahora por diez años. Cuando retorna por tercera vez toma el poder hasta el final de sus días.

EL TEATRO
Pisístrato construyó el primer teatro de la ciudad y cultivó la tragedia griega. Pero su verdadero teatro fue la mismísima Atenas; y los atenienses, sus actores y público. Como en “Tema del traidor y del héroe”, de Borges, Pisístrato, el dirigente político, el tirano, impulsó “vastas y errantes representaciones teatrales, que requieren miles de actores” para realizar un programa de gobierno de toda una vida y de muchas de las vidas que siguieron.

Para Heródoto, no obstante, disfrazar a una mujer de la diosa Atenea fue “el más grosero artificio que pudiera imaginarse, mayormente si se observa que los griegos siempre fueron considerados más astutos que los bárbaros y menos expuestos a deslumbrarse ante tales necedades, y que se trataba de engañar a los atenienses, reputados como los más sabios y perspicaces de entre los griegos”.

La mímesis -imitación y representación- causa polémica. Para Sócrates, que 100 años después rememora con bronca la historia de Pisístrato, es un engaño; para Aristóteles, es un modelo. Cuando Jorge Capitanich habla de la “poética” en la acción política, está hablando de mímesis, y la belleza, el arte exquisito de la persuasión, implica, como en el caso de Pisístrato o como en Shakespeare, un engaño.

EL CIRCO
Al parecer la política, que intentaba reconocerse en el espejo de las más finas artes, termina adoptando los modos del circo. Por eso el periodista y politólogo gallego Carlos G. Reigosa reniega de esa “manca finezza” (falta de delicadeza) y asegura: “Es como si la política se nos hubiese ido llenando de acróbatas, funámbulos, equilibristas o volatineros”. Y por eso Coqui a la poética para la política le pide también ética.

Pero no nos quedemos con la escenificación globoluda, con las pantallas gigantes, los reflectores, los escenarios “360º” y el Deus ex machina. El teatro, el lugar de la representación en el que ocurre la verdadera revelación solemne, no es el Domo del Centenario o el Parque de la Democracia: como en la Atenas de Pisístrato, son los 69 municipios chaqueños donde más de un millón de actores representan una obra magnífica, total, de vida y de muerte. Allí ocurrirán las acciones más importantes. Ojalá el elenco esté a la altura del desafío.