Matar a la abuela

Opinión Política Provinciales Salud

Por Cristian Muriel

Luego de que el 18 de enero se retomaran las clases presenciales en Italia, el diez por ciento de la población de Corzano, un pueblito de la Lombardia, se contagió coronavirus. Se determinó que el 60 por ciento de esos contagios provino de la escuela primaria y el jardín de infantes. La cepa británica b117 de la Covid-19 se propagó en tan solo una semana y no se salvó ni el alcalde. En otras escuelas de Italia reaccionaron a tiempo: se abrieron escuelas y en cuanto aparecieron algunos casos las volvieron a cerrar. Un desastre logístico que derivó en un desastre sanitario, donde hasta los planes más meditados parecen ensayos de prueba y error.

En Argentina ya está presente la variedad británica y en mayor medida la brasileña del virus, pero la decisión de comenzar las clases presenciales el 1 de marzo parece tomada. Nada indica que se vayan a evitar los desastrosos cuadros observados en Europa: como al principio de la pandemia, nuestro país tiene la oportunidad de ver escenarios de crisis del otro lado del océano para anticiparse y no cometer los mismos errores, pero no quiere o no puede aprender. Para la oposición es el momento propicio para operar.

Este sábado la Comisión Episcopal de Educación de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) se sumó al reclamo de Clarín y de Cambiemos de comenzar las clases presenciales, con el pedido genérico de que se tomen “todas las medidas de orden sanitario y de adecuación edilicia, de horarios y turnos, etcétera” (sí: “etcétera”) que hagan falta. El documento que lleva la firma del arzobispo de Rosario, Eduardo Martin, agrega: “Este año se presenta de un modo aún incierto, dado que el tema sanitario aún no está resuelto, lo que conlleva varias dificultades, pero que no deben quitarnos el entusiasmo y la vocación para educar”. Sus argumentos se reducen a “etcétera”, “incierto” y “entusiasmo”, pero si se desata una tragedia como la de Europa no dirán que fue porque Dios Así Lo Quiso, sino porque las autoridades no supieron organizar los dispositivos de bioseguridad. Vamos, por culpa de Alberto.

A decir verdad, no da la impresión de que a Clarín, a Juntos por el Cambio (que ya anunció una marcha para el martes que viene) o a la Iglesia les interese tanto la presencialidad en las escuelas, o que les interese más la presencialidad que las vidas en juego. Si se le pregunta a un cura si está dispuesto a promover que los pibes vayan a clases y al volver a casa maten a la abuela de coronavirus, por mucho que crea en la vida eterna dirá que no. Lo que piden, conscientes de su imposibilidad, es que el gobierno ordene las clases presenciales, y que nadie se contagie.

En este como en otros temas, lo que quieren Clarín y el posmacrismo es marcarle la agenda al gobierno. Y el gobierno obedece. Por eso el ministro de Educación de la Nación Nicolás Trotta asegura que el objetivo es comenzar las clases el 1 de marzo y habla, tan poéticamente como el prelado, de “presencialidad cuidada”, mientras las noticias que llegan de Europa preanuncian un panorama temible.

También el gobernador Jorge Capitanich sabe que empezar las clases presenciales el 1 de marzo, por muchos protocolos que se implementen, es jugar a la ruleta rusa, y por eso les pidió un diagnóstico a los directores de las regionales educativas. La foto de la presentación del programa Puentes de Verano en la localidad de Colonia Benítez, con los pibes y pibas con la nariz afuera del barbijo, o sin barbijo, da la pauta de que tratar de controlar a los alumnos cuando se juntan es más difícil que sofocar un motín en una cárcel. Los casos europeos están ahí, dan testimonio.

Días atrás, un docente chaqueño le decía al firmante de esta nota: “La fecha de presentación en las escuelas es el 22 de febrero. La subsecretaria de Educación dijo que saldría una resolución explicando cómo sería la ‘presencialidad alternada’. Lo veo difícil: los funcionarios dicen qué van a hacer, pero no cómo”, y añadía un dato inapelable: “El gobierno tiene tres semanas para conseguir unas 36.000 dosis de vacunas para les docentes…”.

Faltan 15 días para que les docentes se presenten a trabajar y hasta ahora ninguno ha sido vacunado oficialmente, y en 22 días deberían empezar las clases. Si a partir de esta semana se realizara una vacunación masiva de docentes y no docentes, teniendo en cuenta el margen de entre 21 y 60 días de espera antes de aplicar la segunda dosis, las clases presenciales comenzarían con dicho personal sólo parcialmente inmunizado, ya que existe el acuerdo en la comunidad científica de que el tiempo que debe pasar para que una persona desarrolle los anticuerpos para afrontar la enfermedad es de 14 días una vez recibida la segunda dosis de Sputnik V.

Hasta el 28 de enero llegaron al país 820 mil dosis de los componentes 1 y 2. En función de la cuota de participación del Chaco en ese total, en la provincia se aplicaron hasta este domingo 14.317 dosis al personal de salud (y a un cura párroco) por lo que es improbable que los casi 40.000 docentes que tiene la provincia según el Centro de Economía Política Argentina (CEPA), reciban sus 80.000 vacunas en tiempo y forma.

Finalmente, los docentes abrigan también la duda de cómo pretende la cartera educativa organizar jornadas mixtas o de presencialidad alternada (además de la “presencialidad cuidada”, como quiere Trotta), es decir, un día en la escuela, un día en un aula virtual, con los grupos divididos en mitades y, por ende, los maestros también divididos o, mejor aún, duplicados. La preocupación no tiene nada que ver con la paritaria, que ni empezó.

Esta vez nadie puede culpar a los maestros. Por el momento la realidad indica que no hay un plan lo suficientemente seguro para comenzar las clases presenciales sin que se desate una catástrofe sanitaria.