Del carnaval carioca a la murga orillera, de la cuestión de género a la trava pintoresca, de criticar políticos a servirse de ellos

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 Del carnaval carioca a la murga orillera, de la cuestión de género a la trava pintoresca, de criticar políticos a servirse de ellos

Los carnavales se festejan en todo el país y son parte de la identidad cultural de cada región. En el Nea y el Litoral son “cariocas” y multitudinarios, y sus “escolas do samba” son auténticas empresas que facturan millones. En La Rioja está la Chaya y el dios del carnaval es enterrado el Domingo de Cenizas. En Buenos Aires los carnavales son la expresión artística y política de los barrios porteños y tienen una marcada influencia afroamericana. Hasta la Costa Atlántica tiene su “Carnaval del Sur”.

ALLA BRASILEÑA
Los carnavales chaqueños no son los más grandes ni los más vistosos del Litoral, título que les cabe a los de Corrientes y Entre Ríos, pero sí comparten su impronta cultural “carioca” y el carácter “desmedido” de su organización, empequeñeciendo a eventos reivindicatorios que se abren paso a duras penas, como la Fiesta Provincial del Chamamé.

Este “exceso” quizás sea una estrategia comercial, o quizás funcione como un ritual para conjurar la miseria, lo que explicaría que haya Mega Carnavales y Súper Carnavales, todos juntos, tras un año en el que el Gran Resistencia fue el segundo conglomerado más pobre del país; el podio lo encabezó Concordia, y Corrientes estuvo a apenas cinco puntos de Chaco.

Pero el carnaval es de origan pagano y se remonta a los albores de la historia, por lo que la explicación de “lo desmedido” habría que buscarla en las antiguas fiestas de la cosecha, o en las posteriores fiestas dionisíacas griegas y saturnalias romanas. Eso sí, desde hace algunos siglos el carnaval está atado al calendario litúrgico, y de allí su denominación “carnestolendas”, que viene del latín “carnis” -carne- y “tollendus”, “tollêre”, -quitar, retirar-, “quitar la carne”, porque se celebra justo antes del ayuno de la cuaresma.

EL CARNAVAL EN LA REGIÓN

En Corrientes todos se disputan algún miembro del cuerpo cultural del carnaval: la ciudad homónima es la “Capital Nacional del Carnaval”; Paso de los Libres, “Cuna del Carnaval Argentino” y “Carnaval de frontera y la integración” (hasta tiene un “Museo del Carnaval”); y Monte Caseros, “Capital del carnaval artesanal”.

Entre Ríos no le va en saga con los carnavales de Gualeguaychú, Gualeguay, Concordia y Victoria.

En Chaco el más importante es el de Villa Ángela, pero también son reconocidos el de San Martín y el de Juan José Castelli, entre otras localidades, y si bien no alcanzan las dimensiones de sus pares correntinos y entrerrianos, sí que intentan copar la parada. El exgobernador Domingo Peppo llegó a considerarlos “el evento cultural más importante y representativo del Chaco”.

En el litoral el carnaval tiene impronta “brasilera”. La música, la indumentaria, los motivos, se han ido asimilando a los rasgos de “o carnaval mais famoso do mundo”, hasta el punto de que sus comparsas se llaman “escolas do samba” y tienen nombres como Samberos de Itá Berá y Bahía; presentan espectáculos como “Amazonia” y “Cultura afro” inspirada en los carnavales de Rio, y el predio en el que desfilan se llama “corsódromo” o “sambódromo”.

EL RÍO DE LA PLATA


El carnaval rioplatense es distinto, más “oscuro”. Lo afroamericano tuvo una influencia determinante (en Uruguay la murga floreció como un género artístico, musical y teatral, marcada por el peso cultural del candombe). Las murgas porteñas tienen en común el componente “orillero”, y llevan nombres como “Zarabanda Arrabalera”, “Lxs Quitapenas” y “Los Atrevidos por Costumbre”.

En vez de festejar “la flora y la fauna”, “le dedican” segmentos completos a funcionarios públicos, y desde hace un par de años usan pañuelos verdes y denuncian las violencias y el machismo e instan a patear el tablero de los estereotipos.

LINCOLN
Si Monte Caseros se autodenomina “Capital del carnaval artesanal”, es la ciudad bonaerense de Lincoln, a 320 kilómetros de Capital Federal, la que ostenta el título del más antiguo de los carnavales artesanales: empezaron a festejarlo hace 130 años, y usan la técnica de la cartapesta (hacer muñecos y figuras gigantes con papel y engrudo) desde hace 80 años.

CUESTIÓN DE CLASE
Los carnavales reflejan a la sociedad a la que pertenecen, región por región. Los del Litoral no sólo son los más convocantes, sino los más caros, como expresión a escala de sociedades profundamente desiguales: las reinas y princesas son hijas de la crema y nata de las clases acomodadas.

Solía decir don Luis Landriscina que “no hay que confundir popular con vulgar”. Por eso, si los carnavales del Litoral son fiestas populares, lo “popular” del carnaval correntino termina en el papel picado y la música de casamiento con trencito, pero como evento es a) un remedo del carnaval de Rio, y b) un canto a la segregación social: los correntinos que integran el 40,1 por ciento de pobreza de ese conglomerado no sólo no forman parte de las comparsas: tampoco pueden pagar abonos de plateas desde $2.300 hasta $6.000, servicios de mesa de $9000 o palcos de $100.000.

Mientras las travestis porteñas se empoderan y cuestionan la hegemonía del macho, las del Litoral son figuras de exhibición y hasta de burla.

De un lado están las murgas que denuncian a los políticos; del otro, las comparsas financiadas por la política y funcionales a ella.

Desde los albores de la Historia los carnavales son una de las muestras más auténticas de la idiosincrasia de su comunidad, pero sobre todo del “lado oscuro” de las sociedades: de lo que se esconde todo el año y se deja ver durante esos pocos días en los que todo está permitido. Los carnavales nos pintan como sociedad de pies a cabeza.