‘Kilo’, el Copperfield de las 500 Viviendas

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 ‘Kilo’, el Copperfield de las 500 Viviendas

Por Cristian Muriel | Irónico que un ‘840’ se les haya escapado delante de las narices en la víspera del #8M. Que haya pasado el #9M tomando unos mates en algún pueblo de frontera o en una casa de fin de semana alejado de las miradas curiosas, esperando noticias de algún abogado carísimo.

Las fuerzas de seguridad tienen áreas que llevan en alguna parte de su nombre la palabra “inteligencia”; después se enojan cuando dicen que “inteligencia” y “policial” forman un oxímoron, una imposibilidad lógica. Un solo hombre burló a los cuarenta gendarmes que lo rodeaban.

Hay cámaras de seguridad por todas partes: en un santiamén se viralizan videos de entraderas, de motochorros y hasta de homicidios, y cuando la policía se entera los agarra en dos patadas, porque a fin de cuentas los tienen fichados a todos. La inteligencia está; las que fallan son las sinapsis neuronales del sistema, como cuando los policías de Sáenz Peña desconectaban los GPS de los patrulleros para que sus jefes no supieran dónde andaban.

Cuarenta gendarmes que lo venían siguiendo, que lo tenían vigilado, no pudieron con ‘Kilo’ Vallejo, una mezcla viscosa y corpulenta de rufián y entregador, incapaz de saltar un murito sin romperse la cadera, pero con la habilidad de colarse en las hendiduras del poder político y de escabullirse como David Copperfield por entre un montón de uniformados. Después se enojan cuando dicen que hay zonas liberadas.

Cuando se difundió por Whatsapp el flyer del pedido de captura, este medio se contactó con el Escuadrón Nº 51 de Gendarmería para chequear el dato que horas antes había obtenido de vecinos de ‘las 500’.

“Se filtró por error”, fue la respuesta del subalférez del otro lado del teléfono. El tono era apremiante e incluía la esperanza, a esa altura fútil, de que nos llamáramos a silencio. Antes de despedirse hizo un último intento, una apelación ‘ad verecundiam’: “No hay autorización de la Justicia para publicar”. Vos nomás sabés.

¿Y si el ‘leak’ fue intencional y la esquiva respuesta posterior sólo parte de un encubrimiento? Imposible no pensar que un dato que fue a dar a la más virulenta de las redes sociales no se filtró primero al sospechoso dándole tiempo de escapar en su camioneta, de abandonarla cerca de la terminal de ómnibus, de sacar un pasaje y de desaparecer de la faz de la tierra.

Y es que ‘Kilo’ era –es– un dealer del poder: sus víctimas son unas setenta mujeres pobres de entre 18 y 30 años; sus clientes son políticos y hasta periodistas famosos, según le dijo la jueza federal Zunilda Niremperger al diario Norte.

EL SILENCIO DE LOS CULPABLES
Los que solicitaban chicas a ‘Kilo’ o se beneficiaban de esa amistad incómoda No saben No contestan. El sistema expulsa rápidamente la aberración, el coágulo. Un abogado se negó a cursar amenazantes cartas documento a las mujeres que denunciaron al rufián; otro no quiso patrocinarlo cuando vio que se le venía la noche.

La carátula lo jusfifica: trata de personas. Por lo que se sabe, el sospechoso usaba la oenegé que presidía –la asociación civil “No me olvides”– para gestionar becas laborales del programa Promotores Territoriales y del Plan FOCO: así reclutaba a las mujeres; luego él y su esposa ‘Eli’ Mambrin, ahora presa, como si separaran ganado elegían a las víctimas que prostituirían y comenzaban con el ablande, un ritual de cotidianidad soez que derivaba más temprano que tarde en ofertas explícitas de sexo por dinero o especies.

En la denuncia impulsada inicialmente por la Secretaría de Derechos Humanos de la Provincia consta que ambos “hacían continuamente chistes de carácter sexual, acosaban a las chicas, pasaban por al lado y nos tocaban”.

Poco a poco iban midiendo sus reacciones: “Solían preguntar si estarías dispuesta a acostarte con alguien a cambio de una moto. Sabemos que muchas se vieron obligadas a ejercer la prostitución por la necesidad de la plata de la beca y que algunas de las chicas sufrieron abusos de distintas formas”, reza la denuncia. Más tarde, los políticos involucrados “les ofrecían mercadería y hasta bicicletas”.

‘Kilo’ había puesto una ficha en cada eslabón de la “cadena de producción”: era puntero barrial, mediador del gobierno de turno con las organizaciones sociales, titular de una oenegé y, al parecer, contratado de la Legislatura. Hay fotos suyas con Gustavo Martínez, con funcionarios de Domingo Peppo, con Jorge Capitanich.

Norte también accedió a un dato que podría convertir el culebrón en un crimen perfecto: antes de apagar su celular para evitar que lo rastrearan, hundido en la desesperación de la huida, ‘Kilo’ le dijo a una de sus hijas que se iba a matar. Si cumple la promesa, la causa tendrá un culpable y la selecta clientela respirará aliviada. ¿Eli? Sabrá qué hacer.