#YoMeQuedoEnCasa: para mitigar el aburrimiento, tomate cinco minutos y leéte un cuento

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 #YoMeQuedoEnCasa: para mitigar el aburrimiento, tomate cinco minutos y leéte un cuento

Una de las ventajas olvidadas del aislamiento obligatorio es el reencuentro con los libros, que no muerden. Los de papel, esos frágiles armatostes de culto, o los digitales, que parecen fugaces pero también dejan huella.

La opción que te proponemos es recorrer los pensamientos y reflexiones de un narrador chaqueño, Marcos Falchini, en formato de blog. Así es: Falchini -el educador- hoy por hoy es un bloguero. Literario. Y como muestra te dejamos este cuento breve.

LA DOMESTICADORA DE DRAGONES
Alguna información la ubica a finales del S. XIX o principios del XX, pero ciertos mensajitos de textos –enviados por ella misma- la harían contemporánea. Tan contemporánea como sus pedidos de auxilio y advertencias, vía facebook, de la presencia de fogosos dragones.

No se sabe cómo, ni exactamente cuándo, pero lo que se infiere es que ella domesticó al menos un dragón. Supone el autor de este mísero relato, que el incendiario animal domesticado era de contextura pequeño. Posiblemente enano, ya que de otra manera no podría habitar en el mismo departamento que la domesticadora. Es posible también, que el comando dragoniano haya abandonado –luego del fallido intento de quemar Resistencia- a este mítico animal invocando leyes condenatorias de las anomalías físicas del pequeño engendro o de su incapacidad para el combate contra los humanos.

Todo es muy confuso, y la información se basa más en los “me contaron” de los vecinos del edificio que en constataciones certeras.

Se habla de que la bella, inteligente y valerosa dama habría repelido – sifón en mano- el intento de incendiar varios tomos de “Cuentos de Terror para Franco” por parte del diminuto lanzallamas viviente. Otros sostienen que se percibían humaredas y olores a cortinas quemadas. Los escépticos afirman que en el departamento de la Calle C. tan sólo había sobredosis de sahumerios.

La cuestión es que, poco a poco, el humo cesó y los vecinos dejaron de percibirlo. Ya no se escapaba más por las rendijas de puertas y ventanas y ya nadie amagaba llamar a los bomberos o gritar “Habemus Papam” en los pasillos del edificio.

Tampoco se vio salir al pequeño dragón, tan sólo se sabía que la joven iba de su casa al trabajo y volvía cargada de carbón vegetal. Quién sabe para qué. Probablemente para alimentar al pequeñuelo incendiario.

Algún oído pegado a la divisoria pared escuchó amonestaciones tales como: “cerrá la boca que me vas a quemar”. Algún anónimo e inverificable ojo arrimado a las grietas de las cortinas vio una caricia de la dama sobre una verde, pequeña y deforme cabeza agradecida.

La imaginación de algún trasnochado y mediocre narrador solitario supone que el aliento del dragonzuelo elevaba el mercurio del termómetro, hasta lo insoportable, en las noches veraniegas, Por eso, más de una vez, la convivencia estuvo a punto de quebrarse. Pero no se quebró, porque en los inviernos, este pequeño dragón, como el vino, los poemas o el amor, le entibiaba los pies y el corazón a la sensible y valerosa dama de esta historia.

Si querés leer más textos de Falchini -él les baja el precio llamándolos “escritos con pretensiones literarias”- podés hacerlo ingresando a su blog, Marcos de palabras.