Un nuevo mundo | Por Cristian Muriel

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Un empresario amigo mascullaba angustiado hace unas horas: “¿Qué va a pasar con nosotros, las pymes?”. La pregunta no buscaba respuesta: era una invocación oblicua, un pensamiento que me atravesaba y se dirigía a un interlocutor más cercano a la divinidad o a sí mismo.

En el mantra se filtraba, queriendo o sin querer, la entendible y polémica línea argumental del presidente brasileño Jair Bolsonaro: ¿Y cuántos van a morir si se para la economía?

El empresario estaba al tanto de que la Fechaco y distintas entidades habían expuesto ante las autoridades un mapa sucinto del aterrador abismo al que se enfrenta la actividad comercial y productiva en la provincia; de los plazos vencidos y las moratorias; de los espectros que recorren las calles vacías del apocalipsis.

Sabía también que la respuesta había sido favorable. Que, mal que mal, el gobierno ha pedido que ninguna empresa energética corte servicios, que el oligopolio de las comunicaciones no deje a los argentinos sin Internet, que alquileres y desalojos, juicios ejecutivos y sentencias de larga data, entren en un compás de espera de 180 días. Y aún así.

“¿Qué va a pasar?”, repetía.

No sólo hay que pagar sueldos para los que no entra plata a la cuenta corriente. En la carnicería es o efectivo o nada: más vigente que nunca el cartelito de ‘No anda el posnet’. La verdulería ni te cuento. Y el super ya empieza a verse desabastecido, porque la parálisis de la economía real avanza lenta pero inexorablemente como el veneno de una serpiente.

Antes de la pandemia, en un asado, otro empresario, uno del rubro inmobiliario, le decía a un colega suyo que hacer negocios con el Estado era lo mismo que ser “un empleado público jerarquizado”. La frase la había escuchado en otra parte pero le gustaba cómo sonaba en su boca mientras los taninos del cabernet le fundían la grasa pegada al paladar en una mezcla untuosa y aterciopelada.

Tenía razón. Él era uno de ellos, pero tenía razón.

La preocupación del empresariado tiene aristas que es conveniente retener: en un mes y medio a más tardar se va a producir el pico de casos de coronavirus en Argentina. Quizás lleguemos a ese escenario en Estado de sitio, con tropas recorriendo las calles mientras la gente se agolpa en interminables filas esperando una indiscernible porción de caldo con un tupper en las manos.

Quizás, como este mismo jueves en Barranqueras, haya hordas de ciudadanos ayunando y salmodiando su arrepentimiento para que el Dios Celestial Que Todo Lo Ve y Todo Lo Puede se apiade de ellos y se lleve de una vez y para siempre la plaga que arrojó sobre la humanidad.

Es conveniente no perder de vista que los fondos que las retenciones a la exportación de commodities inyectan en la economía tienen menos que ver con las oscilaciones propias de la ley de la oferta y la demanda que con la volatilidad de las acciones en el Mercado de Chicago (CBOT). Por ende, las pérdidas y la eventual parálisis del sistema financiero global afecta tanto o más que una sequía o una inundación la financiación de programas sociales, sanitarios, de infraestructura y pago de sueldos en el sector público. Así que sí: los “empleados públicos jerarquizados” están en problemas, porque en el fondo son precarizados: son la parte más delgada del hilo de la cadena de pagos del Gobierno. La más superflua.

Según Thomas L. Friedman en una nota publicada por Infobae, el Dr. John P.A. Ioannidis, epidemiólogo y codirector del Centro de Innovación en Meta-Investigación de Stanford, señaló en un ensayo del 17 de marzo en StatNews que pese a no tener aún una comprensión firme de la tasa de mortalidad por coronavirus en toda la población, “una mirada a algunas de las mejores pruebas disponibles indica que puede ser del 1 por ciento e incluso podría ser inferior”, por lo que “cerrar el mundo con consecuencias sociales y financieras potencialmente tremendas puede ser totalmente irracional”.

El país estaba queriendo salir del default cuando se desató la epidemia de coronavirus. Dentro de algunas semanas, mientras se cuenten las víctimas de Covid-19 y de una posible catástrofe social todavía no computada (decenas de muertes, miles de desocupados, decenas de miles de pobres e indigentes) volverá a ser el tema central, y no ya en Argentina sino en todo el mundo. Un nuevo mundo.