Locos con barbijo | Por Cristian Muriel

Opinión Política Salud Sociedad

Por

Comparada con la “peste negra”, que en el Siglo XIV se llevó unos 25 millones de vidas –un tercio de la población global– el Covid-19 que en tres meses contagió a 801 mil personas y causó 38.743 muertes en todo el planeta está lejos de ser la plaga del Apocalipsis, aunque el impacto emocional de las muertes inesperadas, célebres, injustas, juega un papel dramático esencial en la World Fear Campaign, apenas superada por la horda de boludos con barbijo.

Por cierto, parece una enfermedad que ataca con especial saña a la gente de bien: a los adultos mayores que se pasaron la vida laburando, a los profesionales que viajan por el mundo, a los italianos. No mata a los negros, al punto que hace pocos días, como justificación para retirar las montañas de tierra y los retenes que había ordenado levantar sobre la Soberanía para aislar a los barrios de la Zona Sur de Resistencia, el gobernador Capitanich dijo que a fin de cuentas en esos barrios no se registraba un solo caso de coronavirus. No es una barrera genética la que protege a los negros sino social: la imposibilidad de viajar al extranjero y, por lo tanto, de contraer la enfermedad, los salvó. Sin ir más lejos: los fallecimientos que se produjeron por Covid-19 en la provincia fueron todos en clínicas y sanatorios privados.

Según el estudio más reciente publicado por la revista científica “The Lancet Infectious Diseases”, desarrollado en base 70.117 casos clínicos diagnosticados en China, la tasa de mortalidad de SARS-CoV-2 (Covid-19) es de 1,38% si sólo se analizan los casos confirmados, pero si se calculan las infecciones no confirmadas, dicho porcentaje cae a 0,66%.

Si se lo compara con la mortalidad del SARS “original” (Síndrome Respiratorio Agudo Grave, por sus siglas en inglés), que en 2003 causó unas 765 muertes con una letalidad promedio cercana al 13%, y MERS (Síndrome Respiratorio de Oriente Medio) cuya letalidad, con 66 muertes alrededor del mundo, fue de más del 40 %, el actual coronavirus no debería haber causado semejante catástrofe económica, política y social.

Pero para la opinión pública la “tasa” de mortalidad es una abstracción: el número global de decesos producto de un contagio sin precedentes, comparado con el puñado de víctimas de los otros virus, o con un escenario idílico en el que nadie muere, pulveriza cualquier observación. Tampoco ayuda apuntar que hasta marzo de 2020, con la muerte de un chico de 14 años de El Dorado, Misiones, el dengue ya se cobró cinco vidas (sólo en Chaco hay informados 727 casos contra 86 de Covid-19) y apenas se trata de un brote estacional.

La semana pasada el presidente brasileño Jair Bolsonaro razonó que si las fábricas de automóviles no dejan de producir a pesar de las 60 mil muertes anuales en accidentes de tránsito en ese país, por qué la economía debe paralizarse por 165 muertes por coronavirus. Por cierto, en el mundo muere en las rutas 1,3 millones de personas por año, con un escalofriante saldo adicional de 50 millones de sobrevivientes con traumatismos y secuelas. Una “peste negra” autoinfligida que se podría evitar si no hubiera automóviles o si el Estado obligara a las empresas a incorporar dispositivos de seguridad o si invirtiera en caminos. Y eso para no hablar de los más de 15 millones de personas que mueren por año por cardiopatías y accidentes cerebrovasculares.

Cuesta reconocer que Bolsonaro, que también sugirió un abordaje “vertical” para el aislamiento de grupos de riesgo, al menos en términos generales esté hablando de un verdadero problema de salud pública universal como son los accidentes de tránsito, mientras el progresismo aplaude a rabiar el aislamiento obligatorio de toda la población, el Estado policíaco y el disciplinamiento –el riguroso y esquemático “vigilar y castigar”– como la única salida para una enfermedad que ni es la peor de su clase ni es la única.

Porque cuando haya decrecido la curva de contagio de SARS-CoV-2, seguirá existiendo el peligro para los grupos de riesgo y unos 32 mil argentinos morirán en 2020 de neumonía e influenza; por Covid-19 hasta ahora fallecieron 24. Cuando se vuelvan a abrir las rutas después de Semana Santa, van a retomar su destino deletéreo más de 550 personas por mes, aplastadas entre los fierros retorcidos de autos inseguros. Somos la misma sociedad que el mes pasado, pero un poquito más loca y con Facebook.