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Las chicas de Adolfo | Por Mónica Persoglia

Adolfo era carpidor y sereno. Vivía en una casa precaria con su mujer y dos hijitas, Ana, su mujer era asmática.

Adolfo salía muy temprano a trabajar y regresaba al anochecer, sediento de la modesta comida caliente con que lo esperaba la rústica mesa y su sillón de mimbre ajado.

Una noche al regresar encontró a Ana tendida en el piso de tierra y a sus dos pequeñas llorando. Ana estaba inconciente, corrió pidió auxilio y una camioneta que pasaba lo llevó al hospital. Las nenas quedaron con una vecina, mientras Adolfo recibía la triste noticia que Ana había muerto.

Debía organizar su vida y su rutina: ¿quién cuidaría de sus hijas?

Se acordó de doña Juana y su hija soltera Gladis a la que les había hecho un trabajo, y recurrió a ellas, pidiéndole las albergara que él le pagaría mensualmente, e iría de vez en cuando a verlas

Doña Juana una mujer de unos sesenta años, y su hija, accedieron al pedido al ver la desesperación del hombre, entonces alojaron a Noemí y Luisita.

Las atendían , le daban de comer y las mandaban a una escuela cercana.

Doña Juana era una mujer severa. Gladis, cariñosa y hasta podía alguna vez jugar con ellas.

Pasó el tiempo, Adolfo siempre pagó a término. Y pasaron los años, Noemí cumplió once años, y Luisita ya tenía seis.

Adolfo no vino ese septiembre lluvioso. Tampoco en octubre , y así llegó fin de año. Averiguaron preocupadas, no tanto por el dinero sino por las preguntas de las niñas. Adolfo, había muerto en una riña

Ante la conmoción, Doña Juana se negó a entregar a las chicas al juez de memores y seguir criándolas ellas.

Así Noemí llegó a ser maestra y Luisita modista.

Para ese tiempo, tanto doña Juana como Gladis eran considerada su familia, la abuela y la tía.

A las que cuidaron en su vejez, y pudieron antes mostrarle dos nietos.

Tía Gladis vivió sus últimos años con Luisita.