Capitanich: construir puentes o levantar muros | Por Cristian Muriel

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Cuenta la leyenda que a fines de 2007 hubo una reunión en un departamento de la Capital Federal entre Jorge Capitanich, que acababa de ganar las elecciones, y Gustavo Martínez, que venía de perder la interna con Capitanich. El gobernador electo tenía que armar su Gabinete y Gustavo quería saber qué lugar le iba a tocar en la nueva etapa. Sospechaba que Capitanich aprovecharía ese encuentro para sepultar sus aspiraciones políticas; de hecho, por problemas de agenda, la reunión se postergó veinticuatro horas, lo que crispó aún más los nervios de Gustavo. Cuando la cumbre finalmente se llevó a cabo, en lugar de ofrecerle un ministerio Capitanich le propuso hacerse cargo de Sameep. Gustavo se levantó con el rostro demudado, como si le hubieran dado un sopapo, y tuvieron que franquearle la puerta para que no abandonara el recinto antes de escuchar la propuesta completa. Para colmo a Capitanich le había dado un ataque de risa. Habrá sido para alquilar balcones.

Retrospectivamente podría decirse que esa reunión, si existió, fue la que catapultó la carrera política de Martínez hasta terminar como jefe comunal de la capital chaqueña. Capitanich “la vio” doce años antes: es una de sus condiciones más celebradas, la capacidad de adelantarse a los acontecimientos. Sus otras dos condiciones son la planificación y el pragmatismo, sin los cuales su visión penetrante no serviría de nada. Y después están sus defectos.

Ser o no ser… peronista

En una reciente entrevista publicada por “Identidad Colectiva”, Guillermo Moreno tomaba distancia de Alberto Fernández con la siguiente definición: “En este gobierno la política económica tiene baches muy grandes. Por ejemplo arrancó diciendo que no hay un plan económico, cuando la base del peronismo es la planificación. Cuando vemos estas cosas los economistas del peronismo tenemos serias críticas. Porque si los espacios son oficialismo u oposición… yo no creo eso. Porque en la Argentina se está expresando hoy lo mismo que se está expresando en el resto del mundo: que no es neoliberalismo o social democracia; esa es la visión de los globalizadores. En el mundo se expresan los nacionalismos de exclusión y de inclusión. Esa es la contradicción en el mundo. El gobierno, según el Presidente, es social demócrata. No es ni una cosa ni la otra. Yo represento el nacionalismo de inclusión que tiene una doctrina que es el peronismo; somos los que le damos corpus, somos lo que dice el Papa Francisco: los que construimos puentes y no muros”. Según Moreno, hasta tal punto Alberto es un socialdemócrata, que fue virtual candidato a suceder a Néstor Kirchner en 2007 impulsado por Julio Cobos, justo antes de que Néstor optara por “una pingüina”.

El futuro llegó hace rato

El último sábado el gobernador chaqueño difundió un muy interesante documento titulado “Menos ideología y más sentido común, un modelo de consenso para salir de la crisis”, reforzado por el hashtag #Pactoargentino. Lo de “menos ideología” llevado al título es poco feliz, pero el material es valioso.

Coqui se pregunta “si este escenario de pandemia servirá para modificar las reglas de juego, o simplemente se considerará un respiro para hacer más de lo mismo”, y advierte que hay “un debate central” que se debe generar desde el Justicialismo sobre la realidad nacional e internacional, y que hay tres problemas, tres “restricciones estructurales” del país sobre los que será necesario ponerse a trabajar a partir del forzoso reordenamiento planetario que sobrevendrá a la pandemia de coronavirus: 1) la falta de generación de un modelo energético sustentable; 2) la insuficiencia de inversiones en infraestructura acorde para el desarrollo de la logística integrada; 3) el sostenimiento de una base exportadora competitiva.

Estos supuestos desarrollistas ya los había planteado cuando la Covid-19 ni siquiera había sido bautizada. Coqui “la vio” el año pasado, y la venía viendo de antes. No sólo vio el desastre de Cambiemos, sus sistemáticas lecturas erróneas de la realidad mundial. Vio el enfrentamiento entre EEUU y China por el dominio económico sintetizado en la disputa por el control de la tecnología 5G; vio el rol de Rusia y Europa y el Brexit y todos los cromatismos del medio; vio la monumental metida de pata del FMI al propiciar un sobreendeudamiento del país que ponía en juego hasta la legitimidad de su propia operación (al punto que es la piedra angular de la actual renegociación de la deuda). Vio que el mundo se estaba precipitando a una crisis económica y humanitaria sin precedentes y tenía una propuesta para salir adelante. La mostró durante la campaña, y ahora vuelve a ponerla a consideración “del pleno” de la sociedad, y apuntando un dato clave: el debate hay que promoverlo desde el Justicialismo.

Pero ¿a qué distancia está Jorge Capitanch del “nacionalismo de inclusión” del que hablan Moreno, Claudio Comari y Sergio Carbonetto, entre otros? Porque ellos también “la vieron”. Vieron que después de tres décadas de globalización como orden hegemónico excluyente, el resultado fue mayor concentración de riqueza en pocas manos y, consecuentemente, mayor desigualdad. Vieron que el advenimiento de Donald Trump cambió para siempre el mapa mundial, y que ya estamos transitando el parto de un Nuevo Orden Internacional, con sigla y todo: NOI.

En principio hablan de lo mismo: un modelo desarrollista y sustentable que no deje a ningún argentino ni a ninguna argentina afuera (también Eduardo Aguilar, en 2016, escribió un artículo en esa dirección). No un nacionalismo xenófobo como los que proliferan en Europa (¡qué hubiera pasado si el coronavirus en vez de llegar vía aérea en portadores de clase media acomodada hubiera aparecido en una villa o en una comunidad indígena! ¡qué limpieza étnica y rifle sanitario estarían reclamando los tilingos para el “Reino de Peronia”!).

Capitanich y Moreno y varios más coinciden en que la Argentina ya no puede seguir a los tumbos. La economía que se viene no sólo depende de la renegociación de la deuda. Hay un nuevo orden, como el que vio Perón cuando vaticinó la emergencia de liderar la Tercera Posición. Sus herederos intuyen que hay que tomar decisiones ahora o habrá que esperar otros setenta años. No se trata sólo de gestionar la crisis.

Autoridad

Hace trece años ininterrumpidos que Jorge Capitanich no para de gobernar, lo que le da autoridad política para reconducir el debate sobre el futuro del Chaco y del país. Hay menos de una docena de tipos en esas condiciones entre Ushuaia y La Quiaca. Es cierto que de vez en cuando se enrosca y se olvida de persuadir a los demás. Se pone peleador, pierde la paciencia y dice “menos ideología”. No porque no haya valores que hay que defender desde lo ideológico, o porque esté proponiendo la desideologización de la política. Nada que ver. Pide menos ideología porque quiere menos chamuyo, menos cuestionamientos formales, porque le brota el pragmatismo: sabe que los cambios hay que hacerlos de inmediato, lo mortifica la visión dantesca de una Argentina hundida en la esclavitud, y no puede entender por qué algunes compañeres se empacan en mantener el statu quo de quintas moribundas y le impugnan todo revoleando consignas sobre el ejercicio del derecho ¡invocando derechos que él mismo se ocupó de hacer realidad cuando los otros vociferaban! Desde su perspectiva lo que hacen esos dirigentes y sectores es priorizar intereses particulares o sectoriales: “levantar muros” en vez de “construir puentes”, para usar la terminología de Francisco. Y el problema es que ya no hay tiempo para eso.

El “Pacto argentino” tiene diez puntos a debatir para llegar a un “diagnóstico común”, pero lo que en el fondo da miedo es que hay que confiar en el otro porque no se sale en soledad. La propuesta de “un acuerdo estructural con compromisos sólidos de los actores políticos, económicos y sociales que involucren el fortalecimiento de las convenciones colectivas de trabajo para arbitrar cambios en las relaciones sobre la base del consenso entre las partes, pero al mismo tiempo promuevan una modificación cualitativa del sistema de protección social con regulaciones más adecuadas de sectores dinámicos vinculados a la economía popular y del cuidado”, suena exactamente a lo contrario: a flexibilización de las reglas de juego para los trabajadores. Coqui insiste: “No podemos avalar pérdidas de derechos, sino reemplazar modalidades que permitan pasar de la potencia al acto”, y la sensación de que nos quieren caminar no se desvanece.

Pues bien, es el momento de “construir puentes”, así que o nos sentamos a debatir como protagonistas de la historia, o nos sentamos a mirar pasar la Historia.