Gloria | Por Mónica Persoglia

Opinión Provinciales Sociedad

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Desde muy joven, esta mujer, Gloria, sintió el ímpetu de ayudar, a cualquiera, al que necesitara, sin conocer en ese entonces que a eso se le llamaba tareas de Voluntariado.  Era un empuje, un ansia, un sentimiento, que algunos admiraban y otros lo tomaban como su desafío. Porque debió enfrentarse al desafío muchas veces de ayudar, sin tener con que, sin saber a quien recurrir. Eso no la amedrentó.

Hizo de esa conducta su estilo y motivo de vida: servir al prójimo, casi en soledad y en forma anónima. Con eso ella llenó siempre su apetito de solidaridad.

Aunque su sangre es mediterránea y la adornan sus ojos verdes, la sangre aborigen quemaba su corazón pasando a sus venas y se dedicó a ellos yendo y viniendo al Impenetrable, asistiéndolos, dejando su número de celular para estar vinculados en la distancia y poder hacer los trámites tan desconocidos y engorrosos para ellos.

Hubo un día que Víctor llegó en una ambulancia con su mamá de Nueva Pompeya, él estaba en estado avanzado de desnutrición y ello fue motivo para dar cabida a otros gérmenes.

Gloria los recibió en la puerta del hospital, asistió a su madre en sus necesidades inmediatas y quedó a disposición de ellos.

No hubo día que  no estuviera junto a la cama de Víctor, amorosamente acomodaba sus sábanas, llevaba a desinfectante, ropas, alimentos.

Fue un largo tiempo, esos  en que la vida sigue y la muerte espera. Aún así a Gloria no le faltó una palabra de aliento para la familia ni una sonrisa de esas que acarician.

Era una mañana de verano cuando  desde su balcón elevaba una plegaria, cuando se encendió la pantalla del celular en el mensaje de texto decía: SRA GLORIA VICTOR MU…… No pudo terminar de leer, conocía el resto y los ojos estaban nublados de lágrimas.

Al día siguiente la madre de Víctor partió con su bollito de ropa y con su antebrzozo secó sus pocas lágrimas, mientras Gloria acariciaba su cabeza.

Esta mujer ejerció y seguirá ejerciendo su voluntariado de amor.