Un subversivo como yo

Nacionales Opinión Política

Por Cristian Muriel

A veinticuatro horas del escándalo que ya pegó la vuelta al mundo todos coinciden en que lo que hizo Horacio Verbitsky desde el programa “Habrá Consecuencias” fue una operación contra el gobierno. No importan los calificativos y no importa si lo hizo voluntariamente o porque se le movió el coágulo.

Así está la tabla de posiciones: Clarín necesita cinco tapas para tumbar un gobierno; al “Perro” le alcanzan cinco minutos de aire para voltear un ministro amigo.

Como todos meamos agua bendita y se terminó la meritocracia, convenimos en que Ginés tiene que devolver el título de “mejor ministro de Salud desde la recuperación de la democracia”. Y todo por una dosis de Sputnik V que cuesta menos de diez dólares. Quién sabe si vivirá lo suficiente para leer una línea que lo reivindique. La política puede ser muy hija de puta.

Y no falta el que escupe, desde el campo propio y desde el sillón de la casa, que Ginés “le acaba de entregar el gobierno por treinta años a la derecha” y que “se cagó en nuestras luchas y en los compañeros”, y da bronca pero nada: una dosis de Sputnik V que cuesta menos de diez dólares le da autoridad a esos crotos.

También es estéril salmodiar que el “Perro” siempre fue servicio. Al menos hasta que ensaye una explicación este domingo en El Cohete. Si se anima.

Dicho esto, caben algunas reflexiones.

El viernes a la mañana Verbitsky cuenta en “Habrá consecuencias”, el programa de Ari Lijalad en El Destape Radio, que se hizo inocular en un vacunatorio ad hoc con personal del Hospital Posadas de Morón trasladado especialmente a la sede de la cartera sanitaria en CABA gracias a su amistad con Ginés. El gestor de la movida fue el secre privado de Ginés. El ministro estaba en Entre Ríos.

Una digresión: otro de los convocados al vacunatorio VIP, Verbitsky dixit, era “el conchudo de José Antonio Aranda”, accionista del Grupo Clarín, que habría preferido esperar la dosis de la vacuna de Oxford y por eso no se vacunó ese día. Obviamente Aranda lo negó, porque a fin de cuentas no había que hacer otra cosa que negarlo.

Otra digresión: Eduardo Valdés y Jorge Taiana también se habían vacunado saltando el orden de mérito, pero adujeron que fue porque viajaban a los festejos del bicentenario de la independencia de México, un país con más de dos millones de casos y casi 180 mil fallecimientos desde que comenzó la pandemia. El presidente los bajó de la comitiva.

La línea de tiempo:

A las 09:09 a.m. de este viernes los CM de El Destape suben el audio de Verbitsky con la confesión de parte a Internet.

A las 09:18 a.m. tuitean un textual del Perro: “El 12 de marzo me doy la segunda dosis de la vacuna para lograr la inmunidad más alta. Me disculpo por contar un tema personal pero como había dicho que tenía dudas con respecto a darme la vacuna, quería contar esto ahora”.

A las 12:16 p.m. Verbitsky cuelga el link del audio en su cuenta de Twitter y le da RT al tuit con el textual. El audio se titula: “Me vacuno”.

Se desata la locura en las redes sociales y con el correr de las horas todos los medios del país se hacen eco. TT absoluto. Del otro lado, nada.

A las 05:39 p.m. Ari Lijalad, avergonzado, hace su descargo en Twitter y pide disculpas por avalar con su silencio a Verbitsky. “Esto que leen debería haberlo dicho en el momento”, reconoce con más de ocho horas de demora. Lo putean hasta en esperanto.

Alberto, que había estado todo el día ocupado con el lanzamiento del Consejo Económico y Social, una escenificación vacua de la que no hablaremos en este momento, recién reacciona pasadas las 18:10 “instruyendo al jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, para que solicite la dimisión del funcionario”. Cortito como patada de chancho, el comunicado de Télam, la agencia de noticias del Estado, es un reflejo de la confusión que reina en el gobierno.

Recapitulando: pasaron unas diez horas desde que Verbitsky contó el episodio al aire hasta que Alberto reaccionó. En esas diez horas un hecho desafortunado, quizás una concatenación de malentendidos y malas decisiones, se convirtió en un escándalo internacional y en un golpe político al gobierno en un año electoral. Si Alberto lo iba a echar, tendría que haberlo echado al mediodía; mientras se demoraba en el CCK junto a Gustavo Béliz y sus community managers retuiteaban a Daniel Scioli, que calificaba de “magistral” la exposición del Presi, nadie veía que la bola de nieve se convertía en avalancha. Como dijo un tuitero: “Y después nos acusan de haber matado a Nisman”.

La dosis que cuesta menos de diez dólares no sólo se llevó puesta la trayectoria y los logros políticos de Ginés: solapó la criminal gestión de la pandemia en CABA, que todavía no arranca con la vacunación para los mayores de 80 y ya le colapsó la página para inscribirse, mientras la Provincia de Buenos Aires está vacunando abuelos desde el 30 de enero. Solapó que procesaron a las cúpulas de la AFI y el Servicio Penitenciario Federal del gobierno de Cambiemos, responsables del espionaje macrista (los imputados son 38). Solapó que el gobierno encontró regularidad en la provisión de las vacunas, que se busca elevar el piso de Ganancias, que se fijó un aumento para los jubilados y que aumentó un 50% el monto a cargar en las tarjetas alimentarias.

Para colmo el escándalo reavivió en Chaco una discusión nunca debidamente aclarada: la vacunación VIP del cura párroco Rafael Del Blanco, producto de una decisión personal e inconsulta del director del Hospital Perrando, Daniel Pascual. El caso se conoció de la misma forma: con el agradecimiento público de Del Blanco a la cartera sanitaria nacional (y a la provincial) por haberle permitido vacunarse. A diferencia del caso Verbitsky, Pascual bancó la parada y, desafiante, puso su renuncia a disposición del gobernador. Éste, sin mayores explicaciones, lo ratificó en el cargo. Todavía Pascual agitó: “Agradezco al gobernador la confianza que tiene en este pobre viejo que con 70 años está a cargo de este hospital”.


En su audio, Verbitsky se mofó de que “un subversivo como yo” pudiese cruzarse en el Vacunatorio VIP con “un conchudo como Aranda”. Lo de “subversivo”, que alude a su militancia setentista, viene, le guste o no a Verbitsky, con el sambenito de “servicio”. Por eso hasta Estela De Carlotto desconfía.

Cabe acaso, suponiendo que sí haya sido una operación política, concederle al Perro, como hace Borges en “El tema del traidor y del héroe”, un papel análogo al del revolucionario irlandés Fergus Kilpatrik, que ordenó la ejecución de un traidor en un teatro de Dublín sabiendo que el traidor era él mismo. Moría, pero garantizaba la supervivencia del movimiento revolucionario, es decir, el bien mayor. De acuerdo a esta hipótesis extrema, la salida de Ginés, largamente meditada y escrupulosamente orquestada por Verbitsky, habría sido el mal menor. Ignoramos qué catástrofe logró detener nuestro héroe.