Solo | Por Cristian Muriel

Opinión Política Provinciales

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Dicen que Jorge Capitanich lo que más quiere en el mundo es levantar la cuarentena y que por eso estuvo a punto de habilitar las misas. Que lo frenaron el aumento de la curva, el conservadurismo oportuno de Alberto y un par de powerpoints apocalípticos.

Claro que los vecinos de la periferia, que ven los cambios de guardia en los retenes policiales como puestos fronterizos de Ciudad Juárez, no creen que el apartheid tenga los días contados. Ni los profesionales de la salud, que este sábado marcharon por las principales ciudades del Chaco contra la precarización laboral y la persecución judicial, y denunciaron “el absolutismo y el atropello político” del Gobierno por mandar a la policía a detener y sumariar a médicos que ejercían “un reclamo legítimo y pacífico”.

La agudización del conflicto gremial es amarga pero forma parte del folclore político y de la dinámica económica. El problema es la intuición creciente, compartida, de que algunas cosas que se están rompiendo en la trama social no se arreglan más.

Pero analicemos la dialéctica del poder, a ver si es cierto que el montenegrino quiere salir de la cuarentena y que, en todo caso, el Estado policíaco en el que vive el Chaco es producto de la autogestión.

Hay un mito que dice que Coqui pega tres gritos y la estructura piramidal sobre la que se asienta su majestad obedece sin chistar, pero los únicos que lo hacen son los integrantes de su gabinete slim fit, gente cuya principal virtud, según el propio Capitanich, al menos en diciembre pasado, era tener un promedio de edad inferior a 39 años.

Y aunque es un equipo perfecto para la psiquis de un dirigente que sólo debate con la Historia y con Dios, cuando llegó el coronavirus no alcanzó con que no lo contradijeran, y por eso –nos explica un avezado hagiógrafo del mandatario– terminó armando la “Unidad Oficina del Gobernador” (hagamos una vaquita para pagarle a un creativo, por favor) que no tendría incidencia política y sólo funcionaría como polea de transmisión de las ocurrencias que se cuecen en el pináculo de esa unidad ejecutora llamada “La Privada”.

Entonces, ¿por qué la Policía parece estar en estado de asamblea y movilización permanente?

La Policía es un poder fáctico, una institución armada, represiva, con su propia casuística y sus valores, que obedece a sus mandos naturales en primer lugar, y sólo indirectamente a la Constitución. En un tiroteo el policía no invoca un artículo de la Carta Magna sino la fría eficacia de su 9 milímetros.

Como entre la Policía y la cabeza del Ejecutivo ya no quedan intermediarios porque Coqui nunca los necesitó, las decisiones operativas “en el campo” dependen o de una llamada telefónica de Capitanich o de la buena voluntad de sus intérpretes, formados, en lo esencial, en la Escuela de las Américas.

No olvidemos que hubo hasta un habeas corpus preventivo presentado por el Comité de Prevención contra la Tortura (y rechazado por la corte del reino) para insuflar un poco de legalidad a las operaciones de seguridad e inteligencia que no se sabe si buscan descomprimir conflictos o criminalizar el descontento.

Lo que hay detrás de esta trama de micro-poderes en la que se mezclan dogmas, ideologías, opiniones sueltas y recortes analíticos; de esta república des-republicada, aplastada en plena democracia por un discurso único que impone, de cara a un enemigo invisible, la obediencia absoluta, es la eliminación de aquello que antes llamamos “dialéctica del poder” o, en todo caso, la consolidación de una fase de constricción de esa dialéctica. Los sistemas de creencias han quedado atorados puertas adentro de nuestros hogares, último refugio de la democracia.

Fenomenología pura: el discurso único abandona el campo teórico y ahora se articula sin freno, constituye dogmas, reorganiza a la sociedad, salta por encima del discurso político electoral y empodera a sus agentes. Revoluciona, si se quiere, el statu quo de la democracia, lo que dábamos por cierto.

Tal vez no se equivocaban los peronistas que días atrás le reclamaban al PJ “marcarle la cancha” a Coqui, que es la mejor forma de ayudarlo a hacer frente a la crisis sanitaria y económica.

Después de esto habrá mucho que desalambrar, tenedlo por seguro. Y eso que ni vislumbramos la salida.