Olor a operéiyon | Por Cristian Muriel

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Una evaluación de la gestión de gobierno realizada por la consultora Reyes Filadoro precisa que en junio para los habitantes del conurbano bonaerense la imagen positiva de Alberto Fernández fue de 75%, la de Horacio Rodríguez Larreta de 70% y la de Axel Kicillof de 65%.

No sabemos cuánto mide hoy el chaqueño Jorge Capitanich, (en mayo, según la consultora cordobesa CB Opinión Ciudadana, tenía una imagen positiva de 42,7%, y negativa de más de 56 puntos), y a título de ejemplo, un dirigente oficialista nos confesaba días atrás: “Hace dos meses discutíamos si Coqui iba a presidir el PJ nacional; hoy discutimos si va a terminar el mandato”.

Números duros

Según el último reporte del Ministerio de Salud de la Nación, CABA acumula 14.707 casos de coronavirus, seguida por la provincia de Buenos Aires con 13.196, y por Chaco, con 1.326, es decir que CABA tiene el triple de población que el Chaco, pero más de diez veces más casos.

Más allá de las muertes, donde Buenos Aires provincia y CABA están parejos, la incidencia de casos cada 100 mil habitantes deja al Chaco a mitad de camino entre ambos distritos: es de 110,08, mientras la de la de Provincia de Buenos Aires es de 75,23, y la de CABA es de 478,18.

Entonces, ¿por qué la gestión de Alberto, la de Rodríguez Larreta y la de Kicillof gozan de una imagen positiva que jamás habrían tenido en tiempos de paz, y la de Jorge Capitanich es atacada por los cuatro costados como si nos goberanara el escuadrón suicida?

Los problemas hay que reconocerlos, y Capitanich lo hace. Pero no a todos. Y tal vez allí resida una de las causas de este desaguisado.

La confusión que genera al comunicar sería uno de esos problemas: la dinámica de la cuarentena provincial es tan caótica que no la entienden ni sus funcionarios. O la obsesión por ser ministro de lo que sea, incluso de Salud, y desdibujar a sus funcionarios hasta reducirlos a papeles decorativos. Sin ir más lejos, este fin de semana se habló de la inminencia del despido de la ministra Paola Benítez. Nadie se inmutó porque nadie sabe quién es Paola Benítez.

Caricias significativas

Y hay otro problema menos visible pero igual de dañino: la política del post-kirchnerismo que subyace la crisis sanitaria y excede los límites provinciales. Porque mientras se cuentan infectados y camas de hospitales esperando que baje la curva, también se gestan los líderes que sucederán a Alberto. Algunos gozan de padrinazgos convenientes y otros piden pista desde el territorio.

El “fuego amigo” es a los garrones, a las costillas, a la cabeza… y tan pronto brilla en la oscuridad y se vislumbra la figura de un enemigo, se desvanece como si nunca hubiera estado ahí. Imposible saber quién está detrás de cada ataque.

Este cronista no habrá sido el único que escuchó el audio del ministro de Salud de la Nación, Ginés González García, manifestando preocupación por la situación del Chaco. Sólo le falta decir que “a Coqui no le entra bala”. Habla como si CABA y Provincia de Buenos Aires, que tienen los mayores recursos, los mejores hospitales y los peores números del país, fueran el ejemplo a seguir.

Este cronista tampoco habrá sido el único que supo de las visitas a su tierra natal de funcionarios chaqueños que fungen en cargos nacionales, y son enviados “a espiar” la gestión desde adentro, juntándose con exfuncionarios de la cartera sanitaria para que les revelen lo que el mandatario, al parecer, escamotea.

La consecuencia de la presión causada por los problemas precedentes, es que el gobernador pierde la paciencia, la templanza, y toma decisiones que provocan resistencia aún cuando están dentro de un margen aceptable de razonabilidad dadas las circunstancias.

Y como encabeza un gobierno de uno solo, una especie de monarquía constitucional llena de asistentes que corretean a los gritos por los pasillos pero no resuelven nada, también recibe él solo todos golpes. Incluso los que no se merece.