La marcha que abrió una grieta | Por Cristian Muriel

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Hasta ahora, el temperamento de los cambiemitas orgánicos en cada una de las seis u ocho movilizaciones de la derecha en lo que va de la pandemia fue o de acompañamiento feliz o de prudente silencio. Cuando las convocatorias parecían defender conquistas meritocráticas, como en el malogrado intento de intervenir Vicentin, iban a las marchas; cuando ponían en riesgo la salud pública y detrás no aparecían ejes claros, se guardaban dos o tres días. Así, de un modo u otro, permanecían alineados al civilizado ritual de la desobediencia civil vitalicia, al imperio de los redondelitos del calendario.

Pero esta vez fue distinto a pesar de que la convocatoria proponía las mismas cosas: la defensa de la libertad (porque lo que hay no es una pandemia sino “la cuarentena más larga del mundo”) y la defensa de la independencia de la Justicia (porque las interminables jornadas de debate de todos los sectores vinculados al Poder Judicial no convencieron a los caceroleros). Los impulsores de la maquinaria de agitación también eran los mismos: Fernando Iglesias, Patricia Bullrich, Luis Brandoni, Elisa Carrió, y los agitados, los mismos: la clase media embanderada, desclasada y tilinga que se contorsiona y hace de la negación de la política su herramienta política.

La diferencia entre las convocatorias anteriores y ésta, es que ahora, casi en un susurro o con gestos más que con palabras, Horacio Rodríguez Larreta lanzó su precandidatura a presidente, y sus followers, como el chaqueño Luis Obeid, que estaban esperando el rictus, lo agarraron al vuelo.

Larreta dijo que no, que no era la mejor idea, que si iban a la marcha respetaran los dos metros, y sus lugartenientes, en el siempre incómodo lugar del gesto elocuente, de la lealtad juramentada, supieron que había llegado el momento de despegarse de los otros, pero por ahora sin estridencias: dirían lo mismo que Horacio: que no iban, que respetaban pero no estaban de acuerdo, que la marcha del #17A había sido convocada por gente de Cambiemos y del Pro, pero a título personal, y que también a título “personalísimo” elegían no asistir.

La línea interna larretista asoma como una propuesta menos golpista que su contraparte, o con un enlace visible al sentido común.

El cambiemismo sin Mauricio ahora es cooptado por los que se quedaron a aguantar los trapos, los que vienen a rearmar el partido diezmado hace ocho meses. Hay que empezar de nuevo, con caras frescas. Como las de Carrió, Brandoni, Bullrich, Rodríguez Larreta, Obeid. Y con el odio renovado, por lo que en el contexto de la marcha -y de la conmemoración del 17 de Agosto- la frase que “Pato” Bullrich tomó de José de San Martín sonó tan delirante como temible: “Cuando la Patria está en peligro todo está permitido, excepto no defenderla”. Incluso un policía, al verla en el Obelisco, le devolvió un saludo militar. Así se festeja la grieta en el Pro.