“Hay gente que sólo tiene imaginación para llamar a la policía” | Por Cristian Muriel

Opinión Política Provinciales

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La frase pertenece a Mempo Giardinelli. La dijo en 1998 cuando la decana de la Facultad de Humanidades de la Unne ordenó el ingreso de Gendarmería al campus de la capital chaqueña para disolver una toma estudiantil. Que se tuviera memoria, era la primera vez desde la Dictadura.

En 2020 no hay clima de fin de ciclo como a fines de 2001. Nadie prepara saqueos. Las marchas son con barbijo y distanciamiento social. Además, hay muchos más planes que antes. ¿Entonces por qué Capitanich designó al policía Olivello para reprimir a los movimientos sociales?

Hagamos un repaso de los últimos meses.

El 31 de mayo a la madrugada agentes de la Comisaría Tercera de Fontana reventaron la casa de una familia indígena, se llevaron a cuatro jóvenes, entre ellos una menor de edad, los torturaron y abusaron de la chica. Fue un escándalo nacional. Los imputaron y apartaron de sus cargos.

El 2 de julio, después de pedir perdón por la “maldita policía” y de recibir un reto del presidente, Capitanich anunció una batería de medidas para fortalecer los derechos humanos, todas de una vaguedad asombrosa: comités, guardias de derechos humanos, perfeccionamiento de leyes…

El 13 de julio renunció la cúpula policial porque Capitanich no reintegraba a los agentes involucrados en el escándalo de “violencia institucional” de Fontana. Al día siguiente la jefatura fue ocupada por Ariel Acuña.

El 9 de septiembre el gobernador anunció un aumento “para que ningún trabajador policial cobre menos de $38 mil desde octubre”.

Esa misma noche un nutrido grupo de suboficiales de la policía hizo un piquete frente a Casa de Gobierno rechazando el aumento; entre los manifestantes, aunque en su rol de “cronista”, estaba el sargento ayudante Gustavo Olivello, amplificando con un Facebook Live el alcance de la protesta.

El gobernador no mandó a la policía a reprimirlos. “Pan con pan, comida de zonzo”, habrá pensado. Lo que sí hizo el 15 de septiembre fue designar a Olivello al frente de una nueva área destinada a poner freno a las marchas, pero no de sus camaradas sino de las organizaciones sociales.

Olivello, procesado por ordenar razzias ilegales y reprimir periodistas con balas de goma; transferido a una delegación rural por las denuncias que pesaban en su contra, era premiado con una Subsecretaría.

¿De qué nos perdimos?

La realidad es que no estamos bien ni vamos a estar mejor. Alberto lo sabe, Capitanich lo sabe.

Primero, porque hay un clima destituyente apenas mitigado por la necesidad de hacerle frente a la pandemia (esto además es un fantasma que recorre América, con los aparatos mediático-judiciales de casi todo el continente decidiendo quién es candidato y quién no).

Segundo, porque los que sumergieron al país en un proceso criminal de endeudamiento, fuga y destrucción del aparato productivo dejaron una bomba económica con un timer que no para de hacer tic-tac.

Argentina no renegoció su deuda para que todo fuera perfecto; lo hizo para salir del default; para ver si nos permiten volver a los mercados. No estamos bailando en una pata y no hay manera de que se produzca un milagro distributivo. Hay menos para repartir.

Sólo nos queda la tierra.

Por eso, quizás, la designación de Olivello, que en lo ideológico es un giro a la derecha de un proyecto que nació progresista, prefigura un clima de fuerte tensión social y expone un pacto del gobierno con el poder más concentrado y mustio, con los inversores inmobiliarios y las élites que se apropian hasta de las cuencas hídricas mientras los pobres son expulsados de los baldíos.

Como decía Mempo: “Hay gente que sólo tiene imaginación para llamar a la policía”.