La palmadita | Por Cristian Muriel

Opinión Política Provinciales

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Ni siquiera antes del coronavirus, cuando el macrismo huía de su propia fiesta en estampida dejando un rastro de calamidades, pensamos el 2020 como un regreso triunfal, como un “volvimos mejores”. Cuando Jorge Capitanich habló como el optimista que supo ser doce años antes, este cronista sospechó que estaba loco.

Entonces sobrevino la pandemia y por un tiempo nos perdimos en su entresijo, en la numerología de los sanitaristas, en la mística del negacionismo y en la magia de los curanderos. Y nos dolió que el Chaco fuera el ejemplo perfecto de lo que estaba mal.

En casa, los mismos macristas que nos habían invitado a presenciar la fuga de más de US$ 60.000 millones liderada por un tipo que pensaba que Sáenz Peña quedaba en Corrientes, se habían reconvertido en expertos en salud pública y pedían la intervención federal por pandemia.

Chaco era el distrito más afectado fuera del AMBA y no había medida política ni compromiso ciudadano que parara los contagios. Era la tormenta perfecta. Incluso exportábamos “la maldita enfermedad” a Corrientes, y Valdés nos cerraba el puente llevando la presión por la rivalidad histórica a un lugar nuevo.

Pero poco a poco, entre el abatimiento y la incredulidad, dejamos atrás la curva temible en la que se podían cruzar el aumento de casos y la falta de infraestructura en una provincia con un sistema de salud hecho de remiendos. Y salimos del podio maldito mientras la cosa se complicaba alrededor.

Al final no habíamos exportado nada. “Es la naturaleza, estúpido”, diría Bill Clinton.

Claro que la pelea no está ganada, pero no es mala idea indagar tanto en la memoria selectiva de algunos cuanto en la falta de reconocimiento al esfuerzo cuando los resultados modestamente empiezan a acompañar. ¿No deberíamos darnos una palmadita?

Pero el enojo subyacente también está en el bolsillo, y es allí donde vale resignificar el optimismo de ese Capitanich que cuando recién había ganado las elecciones aseguraba que con la capacidad instalada en la provincia durante sus dos mandatos (fibra óptica, red eléctrica, gasoducto, acueductos, caminos) había una plataforma mucho más consistente para proyectar el crecimiento.

Este cronista le preguntó si el Chaco era inviable o estaba condenado al éxito, y el mandatario frunció el ceño: “Ni una cosa ni la otra”, lo cortó. Y es que ser optimista no es ser idiota. Es eso o bajar los brazos y la persiana, pero sólo los ultraliberales o los desclasados votan proyectos que vienen a bajar persianas en vez de abrirlas, a crear deuda en vez de saldarla, a llevarse dólares en vez de traerlos.

Por eso, cuando este lunes Jorge Capitanich y el ministro de Transporte de la Nación Mario Meoni conversaron vía streaming como si nadie los estuviera mirando, sobre cómo avanzar con la agenda del transporte por aire, por tierra (vías y rutas) y por agua, con un entusiasmo conmovedor y un conocimiento profundo y meticuloso de los desafíos por enfrentar (hasta lo “apuraron” a Alberto para que no se duerma) dieron ganas de que esta vez, para variar, no se interponga ninguna calamidad.