Francisco y su estilo, una “revolución” desde los gestos cotidianos

Opinión Sociedad

Por Hernán Reyes Alcalde

“La verdadera revolución fue haber elegido vivir acá”. La frase del Papa a un argentino que lo visitó la semana pasada en su residencia de Casa Santa Marta muestra la importancia que el propio Pontífice le da a vivir en el segundo piso del reconvertido hotel y no en los lujosos aposentos del Palacio Apostólico, en el que, en soledad, vivían sus predecesores.

El Papa entregó un libro de 319 páginas con fotos del Palacio a su visitante y reconoció la importancia del valor histórico, cultural y hasta patrimonial de la estructura construida en el siglo XVI, pero está contento con la elección con la que dio el primer golpe de escena a las pocas horas de haber sido elegido el 13 de marzo de 2013.

La elección de vivir en el antiguo hotel para cardenales, admitió, le permitió moverse con más comodidad y escapar a la soledad que puede rodear a la vida en los aposentos del Palacio y que, como él mismo fue testigo, terminó por aislar a algunos de los Papas que lo precedieron.

En su habitación del segundo piso de la residencia Casa Santa Marta, Francisco recibió a algunos visitantes en el pequeño salón ubicado a metros de la salida de los ascensores. Tres sillones individuales, mucha iconografía de la Virgen y un teléfono son parte del austero mobiliario del lugar.

El propio Papa suele levantarse durante algunas reuniones para descolgar el teléfono y comunicarse con uno de sus dos secretarios, el italiano Fabio Salerno, a quien, en uno de sus últimos encuentros, le recordó que traiga los libros que tiene preparados para dar de regalo al visitante.

En algunas ocasiones, es el mismo Jorge Bergoglio el que permite a quien lo visita ir a la sala contigua, en la que se amontonan pilas de los libros que ha escrito, y da vía libre a la selección. “Elegí los que quieras”, se le ha escuchado decir.

En esa misma sala contigua, se acumulan también parte de las golosinas y productos argentinos, como alfajores, que le traen los visitantes. Incluso suele ironizar sobre el “mito” que se creó alrededor de su supuesta preferencia por una marca en particular.

Al Papa, en otro pequeño eje que marca su estilo revolucionario basado en gestos, le gusta compartir porciones de los dulces y tortas con cada uno de los huéspedes de Santa Marta tras las cenas.

Algunos domingos de invierno, incluso uno de sus secretarios y un gendarme recorrieron el interior del Vaticano para llevar, de parte del propio Papa, alfajores y dulces a todo el personal de seguridad encargado del turno noche.

Para las comidas, el Papa suele compartir el comedor de la planta baja con el resto de los huéspedes del hotel. Solo en algunas ocasiones, cuando la comida se mezcla con alguna obligación, le preparan una sala contigua para recibir a huéspedes con los que, dada su apretada agenda, aprovecha para comer y trabajar.

Por lo general, la agenda matutina del Papa, al menos en los tiempos de la “vieja normalidad” prepandémica, se daba a la mañana en el Palacio Apostólico, con los encuentros formales, desde obispos y cardenales a jefes de Estado, y, por la tarde, en su residencia. Con una clara voluntad de separar la agenda institucional de la persona, solo las reuniones de la mañana se comunican de forma oficial a la prensa.

Como algunos de sus huéspedes o visitantes vespertinos muchas veces quieren contar al mundo entero que se reunieron con el papa, Francisco autorizó que la comunicación de las reuniones de la tarde corra a cuenta de quien lo visita.

Solo en ocasiones puntuales Francisco ha pedido al aparato comunicacional de la Santa Sede que grabe o divulgue los encuentros que tiene en su casa.

Desde su residencia, mantiene la misma cercanía, impensada para un Papa pero lógica en un “pastor”, como aún se define, en sus comunicaciones con el exterior.

El Papa suele escribir a mano las cartas que sus secretarios mandan por mail escaneadas y como archivo adjunto con el apellido del destinatario y la fecha. Cuando no escribe, ya son centenares las personas que han recibido una llamada desde un “número oculto” y al atender suena, con tranquilidad y cercanía, la voz que se presenta como papa Francisco.

Así, el estilo revolucionario de Francisco, que luego se palpa en su forma de Gobierno de la Iglesia Católica, empieza con los pequeños gestos cotidianos.

Al terminar la charla con el argentino al que recibió a inicios de marzo y, pese a la ciática reciente, Francisco lo acompañó hacia los ascensores. A mitad de camino, volvió atrás unos pasos y apagó la luz del salón. Otro de los pequeños gestos que sirve como base al estilo Francisco, ese que sirve como pilar a la “revolución” que busca en la iglesia y que, ha repetido, “debe empezar por casa”.

Hernán Reyes Alcalde es corresponsal de Télam.