Entró por una grieta y salió por otra

Opinión Policiales y judiciales Política Provinciales

Por Cristian Muriel

Las redes se llenarán de apuntes sobre el gobernador que cedió a la presión de los piqueteros en vez de respaldar a ese buen hombre, Olivello Gustavo, sargento ayudante, periodista y actor dramático, que vino a poner orden y tres meses y cinco días después, en el aniversario del Argentinazo, fue despedido con el dudoso mérito de haber provocado más marchas y piquetes, destrucción de la propiedad pública y contagios de coronavirus que los que debió prevenir.

El último viernes el jefe de Policía Ariel Acuña, para evitar que se desencadenara una tragedia “escoltó” al subsecretario de Prevención y Seguridad en Abordaje Territorial lejos de los cientos de manifestantes que por tercera jornada consecutiva se habían congregado frente a Casa de Gobierno para pedir su renuncia. Olivello se alejó al grito de “¡No voy a renunciar, no soy un cobarde!”. No hizo falta: lo echaron.

Si su contratación estuvo rodeada de secretismo, su detonación, firmada por Decreto Mil Ocho Treinta Barra Veinte, es más fácil de explicar: Olivello fracasó, y con él el ministro de Gobierno Juan Manuel Chapo, a quien no lo salva haberle bajado el pulgar a último momento luego de meses de respaldo o silencio ominoso. La solución política que tenía llegar de su mano nunca apareció. Y por eso ahora golpean su puerta.

Aparte de Chapo, el diputado Juan Manuel Pedrini, la UCR capitalina y el empresariado nucleado en Fechaco y Cámara de Comercio aplaudieron a rabiar su ejercicio cotidiano de “firmeza” con los movimientos sociales, que al final no fue otra cosa que ir al choque a lo guapo, hasta que así, “a lo guapo”, desafió al jefe de Policía en plena vía pública, y por lo tanto al ministerio de Seguridad.

La interna entre Acuña y Olivello viene de 2016, cuando el primero ordenó el traslado del segundo del glamoroso Comando de Operaciones Motorizado de Resistencia a la polvorienta Policía Rural de Juan José Castelli.

Olivello, denunciado por brutalidad policíaca y excesos, nunca se lo perdonó, pero tampoco entendió la decisión: “Algo habré hecho mal”, ironizó. Para él, haber golpeado fotógrafos, ordenado razzias ilegales y disparado al cuerpo a periodistas era “hacer las cosas bien”.

Por esa enemistad con Acuña, al ser incorporado a la gestión en septiembre de 2020 fue a parar a una inverosímil Subsecretaría en la órbita del Ministerio de Gobierno, lejos de la cartera de Seguridad de la que depende la Policía.

El organigrama resultante fue estrafalario: cuando había una manifestación, las órdenes de la policía, que depende del Ministerio de Seguridad, las impartía, o pretendía hacerlo, un policía de civil que trabajaba de subsecretario en otro Ministerio.

Cada operativo de seguridad tensaba más las cosas, porque se daba la paradoja de que el que apuraba a los comisarios para dispersar a los manifestantes era el “Berni” chaqueño, que estaba en la cartera equivocada pero le daba igual, y quienes intentaban calmar los ánimos eran los que estaban entrenados para reprimir. Por supuesto sobraron gases, palos y detenciones.

Al nombrar a Olivello, Capitanich abrió una grieta donde no la había: metió en la gestión la grieta de afuera, de la calle, de las redes. Por un momento se dejó llevar por la idea de que la respuesta institucional ante el conflicto social era la represión. De ahí a “la crisis se cobró dos nuevas muertes” había un solo paso.

Alguien llegó a sugerir que con Olivello se balanceaba el gabinete: entre tantes zurdes, nada mejor que un hombre de derechas que aportara algo de perspectiva. Pero esa variante de la teoría de los dos demonios era macabra: para compensar psicobolches no se inyectan represores.

En su breve paso por la gestión de conflictos Olivello hizo espantosamente mal las cosas, y después, si cabía, las empeoró. Entró por una grieta y salió por otra, catapultado.

Eso sí, como precandidato a diputado provincial. Se escuchan ofertas.

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