La debacle geoestratégica del imperio bifronte angloyanqui

Por Javier Garin

Cuando triunfó Trump hace cuatro años, lejos de encandilarme con este energúmeno como hicieron muchos que se dicen peronistas (y de Perón no entienden la jota por ser redonda), me puse a estudiar el fenómeno con considerable preocupación, como aparece reflejado en el anteúltimo capítulo de mi libro “ANTICRISTO, HISTORIA DE UNA PROFECÍA JESUÍTICA SUDAMERICANA”. Aunque ese capítulo fue escrito cuando la presidencia Trump se hallaba en sus comienzos, ya entonces era claro el cerril antagonismo de Trump con el Papa Francisco en materia de prevención nuclear, lucha contra el calentamiento global, persecución racial y exclusión de los inmigrantes.

Trump se erigió velozmente en enemigo acérrimo del Papa, calificado de “comunista” por los sectores más recalcitrantes del Tea Party y señalado como un “peligro rojo” por los potentados de la industria petrolera, que el emperador de pelo anaranjado representa.

Sería largo enumerar aquí sus gestos de hostilidad contra el Papa. De hecho, segun me ha confiado Aldo Duzdevich, en el Vaticano estaban asombrados por la virulencia de los ataques organizados por la Fundación Movimiento, dirigida por el ex apóstol trumpista Steve Bannon (luego devenido apóstata a raíz de haberse quedado con “algun vuelto” de las cajas republicanas).

Bannon se vendió a sí mismo como cerebro mundial del soberanismo y arquitecto del “rejunte nacionalista” europeo de Boris Johnson en la Isla del Tesoro de los piratas, Voxx en España, Marine Le Pen en Francia, Victor Orban en Hungría, Matteo Salvini en Italia, etcétera. También tuvo seguidores en los pagos latinoamericanos, como el inefable quema – selvas Bolsonaro.

Todo dirigente anti – Unión Europea en el ámbito político y todo movimiento anti- Francisco dentro y fuera de la Iglesia eran promovidos y financiados por la gente de Donald Trump, su ideólogo Steve Bannon y menos visiblemente por Putin, su inseparable socio ruso.

Con la misma metodología de campañas intensivas de mentiras en gran escala, se preparó el Brexit, presentándolo como una rebeldía nacionalista conservadora contra la “dictadura germano-francesa” que dirige los destinos de la Unión Europea.

El objetivo era reconstituir el Imperio Bifronte Anglo Yanqui accionando el “infiltrado dormido” del bloque europeo: Inglaterra. Por algo Charles De Gaulle se opuso tenazmente a la incorporación de Inglaterra al bloque económico europeo de su tiempo, y lo impidió por todos los medios, de tal manera que los ingleses no pudieron ingresar con su táctica traidora hasta después de su muerte. Más de una vez contó el General Perón sus conversaciones con De Gaulle, a quien lo unía una amistad fundada en la comunidad de intereses anti- ingleses y en un profundo aborrecimiento a los piratas de la hoy un poco desteñida Albión. Tanto Perón como De Gaulle conocían muy bien la perversidad británica, el primero por haberlos sufrido en Argentina y el segundo por haber estado exiliado en la isla durante la Guerra.

El vaticinio de De Gaulle -pensaba que si Inglaterra se unía a Europa era sólo para hacer negocios cuando pudiera y tratar de destruirla cuando no conviniera a los intereses angloyanquis- se cumplió a rajatablas.

La elite angloyanqui, encarnada en los seudonacionalistas Donald Trump y Boris Johnson, hizo todo lo que estuvo en sus manos para boicotear y tratar de sepultar la mayor expèriencia de “continentalismo en la diversidad” del mundo.

Una vez más cabe recordar a Perón y sus constantes elogios a la unión de los países de Europa, a los que señalaba como ” el camino a seguir y el ejemplo a imitar” por América Latina.

¿En qué momento Europa pasó de ser aliado del imperio angloyanqui a enemigo?

En el mismo momento en que las elites angloyanquis comprendieron que debían patear el tablero geopolítico si no querían quedar enterradas por el proceso histórico en desarrollo que conduce, según todas las apariencias, a una larga declinación del Imperio Bifronte Angloyanqui.

Es el mismo momento en el cual las elites angloyanquis deciden que la globalización, que ellas mismas promovieron y condujeron activamente en todo el mundo con inflexible control ,se empezaba a volver en su contra.

Esta percepción surgió como resultado del imparable ascenso chino.

Con China como superpotencia de relevo, con una Europa no tan dócil a los esquemas de dominación geopolítica angloyanqui, y en algunos casos concebida como competidora, sobre todo por la creciente robustez de la alianza germano-francesa, el Imperio Bifronte Anglo Yanqui decidió un replanteo geopolítico que pareció prometedor en los primeros años de la Presidencia Trump pero que pronto reveló sus límites.

No vamos a desconocer aquí el componente real de resentimiento que habita en la base del electorado de los estados centrales de Yanquilandia, conservadores y religiosos, contra las elites liberales y adineradas de las grandes ciudades norteamericanas. Ese resentimiento, motivado por situaciones de injusticia real, fue aprovechado muy bien por las propias elites para parir el triunfo trumpista de hace cuatro años.

Pero lo que no se comprende ni se visualiza correctamente es que los dos lados de la “grieta yanqui” son dos caras de la misma moneda de la dominación imperial. Las elites angloyanquis crean sus propios reemplazos dirigenciales de acuerdo a las estrategias geopolíticas del momento.

Si desde los noventa el Partido Republicano de los Bush fue socio de los Demócratas de Clinton y Obama en la globalización, hace cuatro años fueron esos mismos republicanos los que, sin inmutarse, salieron a proclamar que la globalización era el enemigo, porque empezaba a beneficiar más a China que a Estados Unidos; que había una elite mundial perversa empecinada en someter al pueblo estadounidense (de la que ellos, los verdaderos dueños del mundo, se excluían predicando un falso populismo); que toda la culpa de los males era del “gobierno mundial”, del “Estado en las Sombras” y de la coalición de los financistas demócratas de origen judío, como Soros, cuyo mayor logro de una larga carrera de latrocinios consistió en haber hecho quebrar el Banco de Inglaterra en los años noventa robándoles a los ingleses mil millones de libras esterlinas en un solo día.

(Digamos de paso que deberíamos darle una medalla a Soros por haber sido uno de los pocos que les dieron a los malditos piratas a beber de su propia medicina).

Otra acotación: la apelación al antisemitismo demagógico a través de la personificación en Soros del “Maligno judío usurero” -un calco del Mercader de Venecia shakespeareano- no impidió a Trump y su émulo subdesarrollado Bolsonaro convertirse en los principales sostenedores de las políticas expansionistas del gobierno de Israel, al que apoyan con ternura conmovedora, al extremo de haber dispuesto Trump el traslado de la Embajada Yanqui a Jerusalén en contra de las recomendaciones de la ONU.

Fue motivado por la agresividad de estas elites contra Francisco que comencé a analizar, ya en los primeros años trumpistas, el cambio de paradigma de la CIA y las usinas estratégicas de la derecha norteamericana (de las que formaba parte el defenestrado pero nunca suficientemente denunciado Steve Bannon), el intento de consolidar una paradójica “internacional nacionalista” de extrema derecha en todo el mundo, la misteriosa alianza con Putin, el ataque constante a la ONU, la Unión Europea y todos los organismos multilaterales, el abandono del tratado de no proliferación de las armas nucleares, la denuncia del Acuerdo de Paris, los enunciados de la post verdad, la sistemática difusión de las mentiras más increíbles y el conspiracionismo elevado a doctrina.

Me resultó claro que todo obedecía a la desesperacion de Yanquilandia frente a la guerra comercial y política con China. Es una guerra que Yanquilandia viene perdiendo hace años. Se culpó a la dirigencia demócrata de ser concesiva con los chinos y con Europa y provocar la pérdida de la primacía norteamericana, pero esto último ocurrió, no por errores de polìtica demócrata, ni por la “diabólica influencia de Soros”, sino por un proceso económico y tecnológico de gran magnitud: la nueva Revolución Industrial que encabeza China y que -con la “ayudita” del COVID- la colocará como primera economía mundial para 2027.

Frente al inevitable ascenso chino, Trump fue la expresión de una tentativa desesperada de las élites norteamericanas por recuperar protagonismo mundial, revisar los esquemas de alianzas, liberarse del multilateralismo para ellos asfixiante y destruir las restricciones ambientales propias de la lucha contra el calentamiento global perjudiciales para una economía basada en los combustibles fósiles. Alemania lidera las energías alternativas, China compite en tecnología informática y maneja las comunicaciones del futuro 5 G (tecnología convertida en cuco por los trumpistas, ya que son los chinos quienes tienen la posta y no ellos); y en este proceso Estados Unidos intentó aferrarse con uñas y dientes a un pasado de esplendor imperial, apelando a la vieja fórmula aislacionista anterior a Woodrow Wilson y Franklin Delano Roosevelt, a un nacionalismo estrecho e inoportuno.

Esto fue así hasta que las mentes estratégicas más inteligentes del imperio comprendieron que la experiencia Trump fue un paso en falso, que no sirvió para recuperar el protagonismo perdido, que deterioró la autoridad política estadounidense en el mundo, que destruyó alianzas hasta entonces convenientes, y que lejos de fortalecer a Yanquilandia en su puja con China contribuyó a acelerar su quiebre. Porque, reiteramos, el proceso chino no es un fenómeno que pueda frenarse con voluntarismo ni con proclamas prepotentes. No son pocos los que piensan que la única manera de que Yanquilandia no pierda esta guerra sin balas es asociarse a China, como ya lo están haciendo importantes sectores de la economía norteamericana. Quien no acepta el fracaso es Trump y su grupo de adherentes pro armas de fuego, anti negros, anti vacuna y terraplanistas.

Y eso es lo que hemos visto en estas horas: una fantochada desesperada más que no hace sino consolidar la caída y desprestigio del Imperio Bifronte Angloyanqui, cuya otra rama se debate en un Brexit nacionalista igualmente ridiculo e inspirado por el mismo deseo nostálgico de recobrar lo irrecobrable.

Javier Garin es escritor, historiador, conferencista, autor de libros sobre Belgrano, Perón, Monteagudo, Anticristo, Ecología y Derechos Humanos. El artículo original fue publicado acá.