Besos en el cine

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Por María Elina Serrano

Si una persona está durmiendo, no puede consentir un beso. Ese es el planteo que hacen dos periodistas a la empresa Disney por mostrar el final del cuento de los hermanos Grimm: el príncipe despertando a Blancanieves con un beso. Pero las historias están llenas de besos, sobre todo las historias de amor.

Blancanieves (1937)

Walt Disney era un perfeccionista. El proyecto Blancanieves y los siete enanitos comenzó en 1930 y se estrenó recién en 1937. Entre otras dificultades, había un príncipe difícil de dibujar.

El equipo observó que era fácil dibujar a una mujer dentro de su vestido de princesa y a los simpáticos enanitos mineros del bosque. Pero el príncipe, con sus formas definidas y musculatura en movimiento, era mucho más difícil de dibujar y por eso aparece en muy pocas escenas.

Un ejército de dibujantes trabajó durante 4 años y medio, disparando los costos de producción y poniendo en peligro el proyecto. En ese momento, Walt Disney tuvo que ir a pedir dinero al Bank of América. Walt hizo una presentación de los bocetos, escenas para terminar, sin banda sonora y el mismo cantando las canciones y explicando lo que pasaba en cada momento como un auténtico narrador, viviendo cada escena. Todo parecía perdido hasta que uno de los inversionistas le dijo a Disney que con Blancanieves, se haría millonario y extendió el cheque sin necesitar más explicaciones.

En esa época, el beso era lo de menos.

Tampoco se les hubiera ocurrido pensar en las consecuencias ambientales de la minería (el trabajo de los enanos) así como en la lucha de clases y condiciones de trabajo de estos pequeños seres, o que una adolescente conviviera con siete desconocidos, o mostrar una mala relación hija – madrastra, entre otras cuestiones.

Lo importante era relatar con dibujos animados, una historia publicada ciento veinte años antes, por los hermanos Grimm. Allí se generó una poderosa máquina de cine y entretenimiento que no para de facturar hasta nuestros días y tiene su propio canal de streaming desde 2018.

Besos en la frente (1996)

Una historia de amor romántico, pero de un amor diferente. Un muchacho de 26 años (Leonardo Sbaraglia) y una mujer de ochenta (China Zorrilla) son los protagonistas de esta “insólita” aventura amorosa basada en una historia real, según su autor Carlos Galletini.

La película apunta a los sentimientos y a la emoción, ante una mujer que madura y decide emprender algo que nunca se ha imaginado: experimentar el amor al final de la vida.

Ni más ni menos que empezar a vivir, aunque parezca demasiado tarde.

Con los criterios de hoy, veinticinco años después, podemos pensar ¿porqué no?, cuando hay tantos hombres adultos mayores en pareja con mujeres muy jóvenes.

Socialmente se sigue aceptando para el varón y el caso inverso continúa siendo una rareza, o una sospecha de mala voluntad.

Para ellos sí y para ellas no, son paradigmas que siguen vigentes, aunque las ganas de vivir sean bienvenidas y oportunas siempre.

El beso de la mujer araña (1985)

La película de Héctor Babenco traslada a la pantalla una famosa novela del argentino Manuel Puig. Dos hombres conviven en una misma celda: un preso político y un amante de las divas clásicas del cine.

El azar y el encuentro de dos hombres diametralmente opuestos, la feminidad de Luis Molina y la hombría tradicional de Valentín Arregui, forzados a compartir un mismo espacio reducido, donde se produce la chispa y el intercambio. Uno va enamorando al otro hasta confundir su identidad y creencias.

Fue prohibida en repetidas ocasiones: a nadie le convenía la imagen de un revolucionario “ablandado” por un homosexual. Iba en contra de los ideales y principios de los unos y los otros.

En su último encuentro previo al fatal desenlace y después de varios encuentros sexuales, se besan por única vez, mostrando el profundo significado del beso.

Cinema Paradiso (1988)

Es muy difícil contarlos, pero para quien vio Cinema Paradiso, es imposible olvidar que en sus últimos minutos contiene unos cincuenta besos, los más famosos de la historia del cine.

El film de Giuseppe Tornatore, culmina con un acto simple: un hombre se sienta en una sala de cine de barrio en un pueblo italiano a ver una película. La sala está vacía y la película es solo para él.

No es un hombre cualquiera. Salvatore (Jacques Perrín) es un director de cine, de niño llamado Totó (Salvatore Cascio) quien descubrió la magia de las películas gracias a Alfredo (Philippe Noiret) el viejo operador de cine del pueblo siciliano.

Alfredo estaba obligado a recortar escenas de todas las películas que el cura del pueblo consideraba que podían corromper al público. Y por eso le había obligado a eliminar cualquier imagen en donde apareciera un cuerpo desnudo, un beso, un abrazo, por considerarse un escándalo.

Pero el operador no las destruyó, sino que con ellas hizo un carrusel, para salvarlas en un mismo rollo de película y evitar que desaparecieran. Antes de morir, Alfredo las deja como legado a su joven amigo Totó, convertido en director de cine.

En la gran pantalla, un sorprendido Salvatore ve pasar las imágenes sin ningún tipo de orden: besos, besos y más besos, de películas distintas. Besos de bienvenida, de despedida, besos desesperados, hambrientos, escondidos. Besos de ternura, amor y pasión.

Las imágenes y la música de Ennio Morricone, emocionan a todos, dentro y fuera de la pantalla. Ya no es una simple sucesión de escenas “censurables”. Es un canto de amor a lo más simple de la vida.

El beso de la traición

Al que yo besare, ese es: prendedle, y llevadle con seguridad. (Evangelio de San Mateo, Cap 14 V.44)

Porque no todos los besos son demostraciones de afecto, alguna vez en la vida todos recibimos el beso de Judas, esa caricia de quien está cerca y traiciona. Es un acto que marca para siempre.

Ahí es el propio cuero el que está en juego. Si al más grande lo traicionaron, a cualquiera le puede pasar. Y en esta película, es difícil no llorar.

María Elina “Mali” Serrano es ingeniera, exministra de Ambiente de la Provincia y Vicepresidenta del COFEMA. Publicado primero en El País Digital.