Las vaquitas y los barquitos

Nacionales Opinión Política

Por Cristian Muriel

El cierre de las exportaciones de carne de vaca volvió a detonar el sistema antimisiles del “Campo”. En una semana hubo pronunciamientos de medio centenar de asociaciones, cámaras y orgas agroindustriales contra la irracionalidad del cepo albertista. La destrucción del aparato productivo causada por treinta días de suspensión esta vez sería apocalíptica.

El ruralismo tiene la capacidad de victimizarse hasta cuando ataca; es una táctica de las nuevas derechas. A las pocas horas del anuncio oficial decretó un paro para cortar el abastecimiento al mercado interno durante ocho días: “Si no tenemos una respuesta clara, no hay ningún tipo de duda de que iremos sumando nuevas metodologías. Y también desde otros sectores”, amenazó el titular de CRA, Jorge Chemes.

Claro que si el campo espera el apoyo “popular” que tuvo con la 125, se equivoca. Una cosa es defender a los exportadores de granos (porque no comemos commodities) y otra a los que se llevan la carne a China y nos dejan el plato vacío. De todos modos, el aparato mediático agroexportador buscó los flancos más vulnerables del cepo albertista y se dio a la tarea de desbaratarlos.

Primero, el psicológico: hacía apenas unos días el gobierno había cerrado un acuerdo para elevar el suministro de carnes accesibles a los supermercados, y de la noche a la mañana el presidente decidió que el acuerdo no servía porque ocho mil toneladas eran “migajas” en un mercado que demanda 200 mil. Bipolar como su jefa.

El segundo eje a destruir fue la pretensión de que el precio de la carne iba a bajar a causa del cepo. Recordaron que el kirchnerismo ya lo había intentado con pésimos resultados, y que miles de emprendimientos ganaderos fueron empujados a la quiebra, se formaron cordones de indigentes alrededor de las ciudades y los peones rurales se reconvirtieron en planeros y motochorros. Meterse con los exportadores había sido realmente un gran error. O, como sintetizó Manuel García Solá, vicerrector de la Uncaus y ganadero peronista: “Una estupidez”.

El problema es que no meterse parece ser la causa de un montón de otros males. Y no sólo electorales.

LAS VAQUITAS

Según el Instituto de Promoción de Carne Vacuna Argentina (Ipcva) los precios de los distintos cortes aumentaron 65,3% durante abril con respecto al mismo mes de 2020, 20 puntos más que la inflación, por lo que el consumo de carne per cápita cayó a 50,4 kilos (el nivel más bajo de las últimas décadas). Teniendo en cuenta que el stock ganadero –liberalizado durante el macrismo– apenas creció 4,9%, y que las exportaciones aumentaron 285% entre 2010 y 2020 (de 160 mil toneladas a 616 mil) es imposible no ver la relación de sábana corta: para venderle a China hubo que dejar de venderle a Argentina. Si la ganadería creció vegetativamente en los últimos años (actualmente hay casi la misma cantidad de cabezas que en 1973 y se faena lo mismo que en 1977) pero las exportaciones crecieron exponencialmente, a algún santo hubo que desvestir.

El parate de treinta días tiene otro componente: el incremento de las exportaciones estaba lejos de detenerse, así que el aumento de la carne en las góndolas no tenía techo. Según el Mercado Rosgan, en febrero Argentina venía muy bien posicionada para superar en 2021 el millón de toneladas exportadas (100 mil más que en 2020), y se preguntaba: “¿Cuánto de ese posicionamiento depende verdaderamente de nuestra propia tracción exportadora y cuánto de la demanda?”. Y es que China había pasado de un módico 11% de participación en las exportaciones del país, al 75%, y es un hecho que seguirá requiriendo toda la proteína que se le pueda proveer durante los próximos años. En consecuencia, dado que el sector no se desarrolló pero los clientes chinos piden más, toda la cadena se vio afectada por esa voracidad de vender a como diera lugar.

DEPREDADORES

El Mercado Rosgan también apuntaba una curiosidad: las exportaciones de 2020 fueron mayores que las de 2019 pero el ingreso de divisas se redujo 12,5%. “Esto se debe al precio que pagó el consumidor por la carne argentina”, reflexionaba el sitio especializado Agrofy News. Para el gobierno, sin embargo, la explicación sería menos ingenua: la intervención de empresas truchas, “operadores informales que subfacturan exportaciones, ingresan dólares sin declarar y obtienen rentabilidades extraordinarias”.

Con maniobras fraudulentas operando vía Uruguay en 2020 exportaron la carne a US$ 3,3 por kilo, mientras Brasil la vendía a US$ 4,7 el kilo, y de hecho Argentina la había vendido a US$ 4,9 por kilo en 2019, según advirtió Alfredo Zaiat en P|12. Exportaban más pero subfacturaban y aportaban menos dólares. Fundamentalmente los jugadores truchos o “firmas sin fábrica”, que si se eliminaran de la pizarra se lograría que el 35% de las exportaciones a China volviera al mercado interno.

Y es allí, en las maniobras ilegales, donde radica una de las causas del problema en las que debería ser posible intervenir rápidamente. Esto es: “ordenar el funcionamiento del sector, restringir prácticas especulativas, mejorar la trazabilidad de las exportaciones y evitar la evasión fiscal en el comercio exterior”, según Matías Kulfas, ministro de Desarrollo Productivo, que calificó la engañifa como “rulo ganadero”.

LOS BARQUITOS

Hay que entender que el problema de un sector que históricamente reclama liberalización del mercado, menos regulaciones y que el Estado custodie sus intereses, es que está lleno de bandidos. Entre enero y marzo de este año las fuerzas federales secuestraron 2.529 toneladas de cereales transportados ilegalmente u ocultos a orillas de ríos fronterizos para ser exportados clandestinamente a Paraguay y Brasil. Pero el verdadero pandemónium tiene lugar en los puertos privados del país, donde empresas se controlan a sí mismas sin intervención eficaz del Estado, pesan los granos en sus propias balanzas y declaran sus cargas presentando un formulario confeccionado por ellas mismas. De los tres mil barcos que ingresan al Puerto de Rosario, 240 de ellos, con entre 40 y 60 mil toneladas de soja, “no es que no pagan impuestos: se esfuman”, según el exdirector titular de la Federación Agraria Argentina (FAA) y miembro fundador del Movimiento Agrario, Pedro Peretti.

Hacen falta muchos más controles, mucho más rigurosos. Mucho más Estado. Más Afip en esos sectores. Eso sí: también hay que reconocer que la caída de la capacidad de compra de los salarios provocada por cuatro años de macrismo y uno de pandemia juega un papel relevante en el actual momento del país. Los controles, sanciones y regulaciones podrán ayudar a que el mercado empiece a regularizarse, pero no sólo la carne es cara: todos los alimentos lo son, y la indumentaria y los combustibles y las tarifas energéticas. Sin recuperación de los salarios (y del trabajo remunerado en general) los ajustes de clavijas sectoriales no llegarán a la mesa de las y los argentinos.