El pan de cada día

Deportes Opinión

Por Walter Vargas

En una Copa América en la que salvo Brasil ninguno está cerca de superar la frontera de lo terrenal, la Selección Nacional dio un paso adelante en ese indicador que a grandes trazos se da en llamar “solidez”.

Solidez, conste, en el sentido más estricto del término: firmeza, consistencia y estabilidad en el mínimo, vital y móvil del nivel que requieren las circunstancias.

Solidez sin alardes, que el horno no está para bollos: quien deduzca que Argentina dispone de un menú capaz de alumbrar una máquina de jugar bonito, y que vengan de a uno, padece de un error de cálculo o de delirium tremens.

En tiempos (todavía) de recambio, sin jugadores maravillosos en el inventario (salvo Lionel Messi, que tuvo una gran noche), sin un equipo de perfil definido y en el contexto de una racha de empates módicos, ganar el clásico territorial era una gran noticia en sí misma.

Y lo fue, de acuerdo con un estricto código de justicia: llegó más y mejor, jugó una muy buena primera hora y pese a su evidente retroceso en el segundo tiempo dio la talla en el indicador del compromiso defensivo.

Contó, eso sí, con la involuntaria colaboración de un adversario, Uruguay, que jugó a no jugar, que apeló a infracciones sistemáticas (un total de 21) y no acertó ni una sola vez a los 7,32 del arco de Emiliano Martínez.

(Uruguay, subrayado sea de paso, sufrió de manera lapidaria la ciega apuesta al agua de la piedras que pudiera sacar su extraordinaria dupla de punta).

Amén del desenlace del score, ¿cuál fue el indicador más positivo expresado el viernes en el estadio Mané Garrincha?

Desde el punto de vista colectivo, que ahí cabe empezar y terminar cualquier análisis más o menos serio, ¿dónde radicó la mejoría argentina?: sin dudas, en un porte alejado de la sospecha de liviandad dejado en los dos partidos de la serie eliminatoria del Mundial y en el debut versus Chile.

Es decir, en los momentos de marea baja sufrió poco o nada: el oficio de Guido Rodríguez fortaleció las transiciones defensivas, Cristian Romero-Nicolás Otamendi anularon a Luis Suárez-Edinson Cavani y la dosis de sacrificio de todos compensó algunos sobresaltos por las orillas.

¿Qué faltó?

Faltaron contundencia en el primer tiempo (desconocido Lautaro Martínez, todas le quedan o muy lejos o muy cerca) y determinación en el primer tercio del segundo, aunque un Messi enchufadísimo perfumó todas y cada una de las pelotas que tocó y a despecho de algún sofocón eventual el posible 2-0 reposó con mayor vigor que el temido 1-1.

Reconocido Messi en el escalón más alto de su universo, al margen en el casillero del haber destacó un semáforo verde sobreentendido: al margen de Lautaro Martínez no hubo jugadores de fracaso evidente y en cambio sí una regularidad virtuosa.

Todo lo antedicho en el austero contexto que sugeriría el filósofo contemporáneo Reinaldo Carlos Merlo: paso a paso.

Para pensar en Brasil (lo más parecido a un candidato de acero inoxidable), ya habrá tiempo.

Fuente: Télam.

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