La foto y la inmoralidad

Nacionales Opinión Política

Por Sebastian Fernández

¿El presidente debe mostrar el ejemplo? Nuestros gobernantes no son profetas, ni seres excepcionales. No deberíamos esperar de ellos ni vidas intachables, ni tampoco ejemplos celestiales sino un diagnóstico acertado y buenas iniciativas para mejorar la vida de las mayorías.

La foto del cumpleaños de Fabiola Yáñez junto a Alberto Fernández y diez invitados en Olivos, en un momento en el que las medidas sanitarias prohibían ese tipo de reuniones, causó fastidio entre propios y extraños. Un año y medio de pandemia, de barbijos, de alcohol en gel, de restricciones y penurias de todo tipo, generó un cansancio social poco proclive a aceptar sin bronca estos incumplimientos a la norma, en particular cuando ocurren en lo alto de la pirámide del poder político.

En un nuevo Nado Sincronizado Independiente (NSI), nuestros medios serios y los opositores de Juntos por el Cambio (dos colectivos que cada día cuesta más diferenciar) denunciaron al presidente por cometer un delito y también por perder esa legitimidad que hasta ahora nunca le reconocieron. De forma más o menos agresiva, en algunos casos incluyendo insultos en prime time, exigieron que Fernández fuera a la cárcel. Lo notable es que, en su mayoría, quienes se indignaron por el incumplimiento de la norma dedicaron todos sus esfuerzos para que no fuera cumplida por el conjunto de la ciudadanía convocando a masivas marchas en contra. Desde el inicio de la pandemia denunciaron las medidas sanitarias que asimilaron a una inadmisible pérdida de libertad y al avance de la terrible Infectadura, comparando el gobierno del Frente de Todos con el nazismo, el chavismo, el stalinismo o el castrismo, según las afinidades políticas de cada indignado. Incluso la primera vacuna adquirida por el gobierno, la Sputnik V, fue asimilada a un veneno, lo que llevó a cuatro diputados de Juntos por el Cambio a presentar una denuncia penal contra el presidente, un hecho delirante aún para el estándar generoso de la oposición que fue relanzado por los medios serios.

“El presidente debe mostrar el ejemplo” fue una de las críticas más escuchadas, acompañada del diagnóstico tajante de haber perdido “la autoridad moral” por ese hecho “inmoral”.

¿El presidente debe mostrar el ejemplo? En realidad, lo que debemos exigir de nuestros gobernantes son políticas virtuosas, que mejoren el bienestar de las mayorías. Y en ese sentido, Alberto Fernández tomó las decisiones acertadas frente a la pandemia al relanzar la construcción de hospitales y tomar medidas sanitarias, aún impopulares, para atenuar la propagación del virus mientras negociaba con los fabricantes de vacunas la adquisición de dosis en un contexto mundial en el que la demanda superaba ampliamente a la oferta.

La inmoralidad de un gobernante no depende de un hecho privado, aún cuando viole las normas vigentes, sino de sus decisiones públicas. Son éstas que afectan, para bien o para mal, el destino de millones de ciudadanos.

Genera un gran asombro la furia moral que la foto generó en analistas políticos independientes que se habituaron sin gran dificultad, durante el gobierno anterior, al balazo por la espalda como política de Seguridad, la persecución judicial de opositores, al anuncio de no terminar hospitales porque ya habían sido inaugurados o al envío de municiones a los golpistas bolivianos. Es el viejo truco de reemplazar el análisis político en un determinado contexto por el moralismo selectivo y el enunciado de absolutos morales. De hecho, en la manifestación opositora del lunes pasado –esta vez en recuerdo de las víctimas y ya no en rechazo a las medidas sanitarias– volvieron los carteles de “CFK presa”, una letanía que se mantiene más allá de la pandemia, las vacunas comunistas que nos envenenan, los riesgos de ir hacia Venezuela, Haití o Afganistán o una foto de cumpleaños. Se trata siempre de una indignación en busca de una causa.

El moralismo selectivo permite “perdonar” al presidente Macri por las sociedades offshore a su nombre ya que explicó que su padre lo habría incluido como director sin que él lo supiera, mientras rechaza las disculpas del presidente Fernández por una reunión no permitida durante la pandemia. En realidad, ninguna de esas dos acciones generó un cambio significativo entre los gobernados de ambos presidentes. Lo relevante es, en el caso de Macri, qué hizo con respecto a la evasión que permiten las cuentas offshore en general y, en el caso de Fernández, qué decisiones tomó para proteger a la ciudadanía frente a la pandemia.

Nuestros gobernantes no son profetas, ni seres excepcionales. No deberíamos esperar de ellos ni vidas intachables, ni tampoco ejemplos celestiales sino un diagnóstico acertado y buenas iniciativas para mejorar la vida de las mayorías. Esa es la vara para juzgarlos, no los absolutos morales que deberíamos reservar al Reino de los Cielos.

Como escribió hace muchos años Arturo Jauretche, “los moralistas vienen a ser los mejores instrumentos de los explotadores del ramo.”

Fuente: Nuestras voces, periodismo ciudadano.