La glándula de la indignación

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Por Cristian Muriel

Marshall McLuhan, el señor de “el medio es el mensaje”, afirmaba que “la indignación moral es la excusa de los idiotas para parecer dignos”. El periodista Daniel Molina agregaba que es el caldo de cultivo para la victoria de los más vivos sobre los mejores.

Dos ideas complementarias que parecen explicar por qué la oposición mantiene conscientemente el “debate” político en el plano de la indignación. Y es que la gente enfadada no va muy lejos ni muy atrás ni muy profundo. Es la gente que votó a Macri, a Bolsonaro y a Donald Trump.

Lo complicado es direccionar esa indignación. Primero, porque las democracias de las últimas décadas han atravesado fuertes crisis de credibilidad, y los indignados se ceban por norma con “los políticos”, que son “todos iguales”, y cada tanto reflotan el “que se vayan todos”.

Por eso el primer paso para un dirigente de la oposición en la Era de la indignación es despolitizarse tratando de políticos a sus oponentes y haciendo política sin que se note, como cuando Iván Gyöker, el joven chaqueño del Pro, va a la Legislatura con un amigo disfrazado de “dipusaurio” para proponer una renovación generacional, o cuando Facundo Manes acusa a Diego Santilli de “político profesional”.

Luego es posible activar la glándula de la indignación disfrazando la propaganda política de discurso de contrapoder: “Es urgente que le digamos ¡basta! a este gobierno que no para de atacar la libertad” (Diego Santilli, Buenos Aires); “¡El 12 de septiembre le decimos ¡basta! a este gobierno soberbio que no escucha a la gente!” (Leandro Zdero, Chaco).

En otro contexto, acusar a un gobierno que no para de ganar elecciones desde hace quince años de no escuchar a la gente, cuando él mismo, Zdero, no para de perderlas, sería una contundente demostración de incapacidad política, pero en la dinámica discursiva de la indignación (un estado de exaltación permanente que busca la satisfacción efímera del enfado) es el leitmotiv de una campaña electoral.

Desde luego la indignación es selectiva porque la agenda está hegemonizada (el antiperonismo es Clarín, La Nación, Infobae y La Embajada). Así, la profe de Historia que defendió al kirchnerismo mereció tapas y repudios; la maestra de Villa Ángela que hizo posar a los alumnitos con boletas de Polini y Zdero fue ignorada; la frase del garche de Victoria Tolosa Paz recorre portales y grupos de Whatsapp; los ataques misóginos de Fernando Iglesias y Waldo Wolff contra Florencia Peña no duraron ni un suspiro. Ni qué decir que el tiro en el estómago al diputado Arias es un tema completamente marginal en esa agenda.

Hoy las consultoras relevan el índice de indignación del electorado: cuánto cayó la imagen de Alberto después de la foto del cumpleaños en Olivos, cómo impactó la frase de Tolosa Paz, y en ese proceso exponen la batalla entre el frente político-mediático de conglomerados de empresas nacionales y transnacionales, y el gobierno. Los resultados de los futuros comicios dirán si el indignómetro le ganó a la política.

Mientras tanto, nos quedamos con la frase de Victoria: “Nosotros vinimos para hacer posible la felicidad de un pueblo y la grandeza de una patria y no hay felicidad de un pueblo sin garchar”. Amén.