Che pibe, vení votá

Opinión Política

Por María Elina Serrano


En 2012, treinta años después de la canción de Raúl Porchetto “Che pibe, vení votá” (1982), se produjo la sanción de la Ley 26.774 que estableció el derecho al voto en las elecciones nacionales a los jóvenes de 16 y 17 años. Horizontes y expectativas, ocho años después.

Tras la sanción de la ley 26.774, el padrón electoral hubiera podido aumentar un 4,5% con casi un millón de nuevos electores. Pero solo cerca de 600.000 jóvenes quedaron en condiciones de ir a votar, al realizar los trámites necesarios para renovar su documento nacional de identidad.

En esas elecciones generales legislativas (2013), solamente el 20 % de los jóvenes de 16 y 17 años participó efectivamente en el acto eleccionario. Algunos por curiosidad, otros a instancias de su familia o docentes, fueron ese domingo a los establecimientos educativos. Candidatos como Sergio Massa, Martín Insaurralde, Margarita Stolbizer y Francisco de Narváez estaban en las boletas de la Provincia de Buenos Aires y ocupaban la prensa nacional.

Ocho años después

Esos jóvenes nacidos en los últimos años del siglo XX y que votaron por primera vez en 2013 hoy tienen 24 o 25 años, y se aprestan a votar por cuarta vez. ¿Qué les preocupa? ¿Qué sienten frente a la enorme oferta de candidatos y candidatas?

La participación popular, a través de las organizaciones sociales o políticas y mediante elecciones periódicas, ejercita en cada uno la gimnasia democrática, la capacidad de expresar legítimamente la voluntad ciudadana. Y ésta se manifiesta no solamente a través del voto, sino también con la participación consciente, para defender los logros significativos para la Argentina y su pueblo.

Con el paso del tiempo y cuatro oportunidades para votar, es necesario preguntarse ¿qué impacto político tuvo la ampliación del derecho al voto a ciudadanos más jóvenes? ¿las políticas públicas aplicadas en estos ocho años, han mejorado la situación de los electores más jóvenes?

Dicen que a los jóvenes solo les interesan cuatro cosas: las políticas de género y diversidad sexual, la preservación ambiental, el uso de la tecnología y el derecho al goce. ¿Será así?

Perdiendo el Norte

Son muchos los jóvenes sub 25 que están atravesados por la crisis económica, la falta de oportunidades, la pérdida de las expectativas en desarrollarse en Argentina, y piensan que emigrar podría ser una solución. De poco sirve la palabra de la familia sobre el desarraigo, la pérdida de la identidad, sentirse “sapo de otro pozo” en otro lugar del planeta, haciendo los trabajos que por nada del mundo harían en su lugar de origen.

Bien se sabe que la experiencia es un peine que llega, cuando ya no queda cabello que peinar.

Que la experiencia ajena no sirve, y que el mejor momento para intentar es justamente ése: cuando el empuje, coraje y candor de la juventud ponen alas en los pies de los más jóvenes. Como agregado, con la hipercomunicación, las distancias se acortan y las ofertas se multiplican. Si son ciertas o no, habrá que verlo a lo largo del tiempo, y a la distancia.

Como ejemplo, basta ver la película “Perdiendo el Norte”, donde dos jóvenes profesionales españoles guiados por un falso exitismo, emigran a Berlín y atraviesan innumerables dificultades, relatadas en tono de comedia. Nada es fácil.

Éramos tan jóvenes

Desde el regreso a la democracia en 1983 existió una enorme brecha entre la participación de los jóvenes organizados y la representación y acción de estos sectores. En ese momento, los jóvenes de los 80 se rebelaron contra el “no te metás”, participando en las campañas y partidos políticos, involucrándose como acompañantes pero no como protagonistas. En ese entonces, la política era para gente con experiencia, con trayectoria, con testimonio de lucha y militancia.

Los jóvenes de hoy tampoco son esos que acompañaron la despedida de Néstor Kirchner en 2010. Esos jóvenes hicieron renacer a la militancia juvenil y aumentaron la participación en múltiples instancias de la vida social y comunitaria, siendo protagonistas de cambios políticos, sociales y culturales del país.

Todo vuelve, al igual que los pantalones anchos y tiro alto de los 90, que se ven en las vidrieras.

Pero a quienes la democracia les costó militancia, les duele volver a ver jóvenes indiferentes ante las propuestas políticas, que muchas veces esquivan la mirada. Lo que la sociedad ha logrado, ya lo tienen. Lo que aún no está, lo ven difícil de concretar.

Los jóvenes de hoy son los hijos de aquellos padres que se emocionaron el 1983, al votar por primera vez, al asistir a un acto partidario, a participar en una caravana o caminata barrial. En cualquier partido político, lo importante era expresarse y volver a elegir.

Las juventudes actuales miran a sus padres y tratan de entender. También han sido presionadas por una cultura que busca instalar un modelo individualista, que provoca estancamiento social y pobreza estructural.

Quién dijo que todo está perdido

Que se aíslan, que no leen, que no les interesa nada, que no se comprometen.

Que no saben nada y opinan, que son reaccionarios, que alimentan discursos de odio, que no escuchan, que discriminan.

Que no quieren trabajar, que no quieren tener responsabilidades, que solo les importa el dinero , que todo lo hacen por interés.

Que nada los motiva, que sólo están pendientes de su celular, que no quieren esforzarse.

También para los políticos es difícil entrar en el mundo sub 25.

Publicistas y comunicadores de campaña intentan de un lado y de otro, con estrategias diversas: algunas realmente innovadoras y otras decididamente ridículas. ¿El resultado? En unos días se sabrá.

Sin embargo y a pesar de los esfuerzos que se intentan para ir ganando la enorme masa de indecisos, la gran mayoría de los jóvenes no se identifica con ningún candidato, no tiene ganas de ir a votar y tampoco considera que su voto pueda hacer la diferencia.

La brecha se agranda si no se dialoga. Pero para eso, no hace falta ser joven. Hace falta dedicarle tiempo y voluntad a entender, a ponerse en su lugar. A empatizar. Ahora se dice así, aunque el corrector de Word no reconozca la palabra, y ya figure en el diccionario de la R.A.E. con sus conjugaciones. Así de rápido cambia el mundo.

María Elina “Mali” Serrano es ingeniera, exministra de Ambiente de la Provincia y Vicepresidenta del COFEMA. Publicado primero en El País Digital.