Universos paralelos | Las elecciones del domingo y el nuevo diseño de un empate suicida

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Por Eduardo Sartelli

Hay, por estos momentos, un seudo debate acerca de quién ganó y quién perdió. Es absurdo, porque está claro: salvo que se trate de un caso agudo de conurbanocentrismo, el Frente de Todos sufrió la derrota más aplastante en la historia del peronismo. Incluso en el Conurbano de Buenos Aires, el oficialismo fue derrotado claramente y solo pudo conservar los reductos más fieles. Hoy por hoy, la “república peronista” se reduce a un puñado de provincias del norte del país y otro puñado de intendencias del norte bonaerense. Cristina y Alberto, más la primera que el segundo, han logrado transformar al peronismo en un partido marginal y al kirchnerismo en una organización política municipal. Concentrada la vista en esos municipios, se festeja esa jibarización extrema de un movimiento político que supo ser nacional, porque temían quedarse con mucho menos que eso. Este panorama, obviamente, no es necesariamente definitivo, mucho menos en la Argentina, que vive en un eterno bucle, del cual nadie escapa. Si vale un botón, valen dos: en este país, en el que nadie se jubila nunca, podemos ver hoy, actuando, opinando y, en cualquier momento, gobernando, como si nada, a Amado Boudou y Domingo Cavallo, el primero, dando clases de “política”. y el segundo, de “economía”. Si ellos pueden volver del ostracismo, todos pueden volver. En lo inmediato, sobre todo después del acto de ayer, se consolida el resultado que las PASO produjeron en la coalición gobernante: un retroceso de Cristina y la Cámpora y un ascenso del poder territorial: los gobernadores (a través de Manzur) y los intendentes (a través de Insaurralde). Más al borde quedó Massa y, tras Alberto, asoma un “albertismo a pesar de Alberto”, encarnado en el Movimiento Evita y la CGT de los gordos. En cierto sentido, ha muerto el kirchnerismo y ha nacido el Todismo.

En la oposición, todo parece mejor, pero no necesariamente es así. Por un lado, el éxito se reparte entre muchos actores, de modo que no hay una dirección clara. Si Santilli hubiera arrasado en provincia de Buenos Aires y Vidal en CABA, hoy Rodríguez Larreta sería el gran elector. Pero no. Dándole, de algún modo, la razón a Macri (Bullrich hubiera hecho mejor elección en CABA que Vidal, y Vidal, mejor que Santilli en Buenos Aires), lo reinstala desde afuera (gracias a Milei y Espert) hacia el centro de su coalición. Un centro que no puede ocupar, porque tiene un dueño, debilitado, pero dueño al fin (Larreta) y un aspirante al trono (la UCR), que puede desbancar a ambos. En efecto, la irrupción de la UCR demuestra algo que decíamos más arriba: en este país no hay que dar por muerto a nadie. Con Cornejo, Manes, Morales, Losada y Valdés, tiene con qué plantarse. Pero además, hay una plétora de dirigentes que, sin estar en un lado u otro, han conquistado un espacio propio, en particular, Luis Juez y Rogelio Frigerio, probablemente los ganadores más abultados de estas elecciones. En resumen: se acabó el macrismo y nació el Juntismo.

Estos nuevos engendros políticos vienen a culminar, o, si no se quiere ser tremendista, a metamorfosear los resultados de la crisis del 2001. En efecto, el 2001 vino a destruir un sistema político reconstituido en los ’80 a partir de las viejas estructuras partidarias previas al Proceso Militar, el radicalismo y el peronismo. Desde el 2001, radicalismo y peronismo no alcanzan ni para conquistar el poder ni para sostenerse en él. Tienen que recalar en algún sistema de alianzas. La UCR hizo punta con, precisamente, la Alianza. La elección que consagró a Néstor Kirchner entre cinco candidatos que reunían entre el 15 y el 22% cada uno, refleja ese estallido. El Kirchnerismo, hijo del 2001, intentó aglutinar por la vía de “transversalizarse” y en algún grado lo consiguió después del 2008. Esta concentración de organismos políticos diversos (gente que se suma al PJ desde el Frepaso, desde el sabbatellismo, desde el Partido Comunista, desde Miles, etc., etc), obliga a la oposición a realizar un movimiento paralelo de aglutinación. Quizás la voz de orden en ese sentido, se escuchó cuando las urnas tronaron a favor del 54% de Cristina frente a una oposición fragmentada. Fue así que nació el macrismo, como reunión necesaria en torno al único elemento político que exponía cierta dureza y consistencia, aunque más no fuera “porteña”. Su éxito repitió el movimiento K: una aglutinación centralizada en un mando único. El fracaso del macrismo ayer y el del kirchnerismo hoy, es decir, la derrota/victoria de 2019 y la de este fin de semana, consolidaron un escenario de dos grandes coaliciones sin centro.

Como amebas amorfas, estas coaliciones no están unidas por el amor sino por el espanto. Por el espanto del otro. Por eso, es difícil que se rompan. Todavía la Dama no movió, de modo que esto que voy a decir puede demostrarse falso en breve: es muy probable que Cristina se retire a cuarteles de invierno, pero que no rompa, al menos por ahora. Que busque, en un movimiento parecido al de Macri, ocupar el centro más adelante, más cerca de 2023, es decir, dentro de un año y medio, que es mucho y es poco tiempo para una realidad como la de nuestro país. Y la jugada de ambos probablemente sea la misma: no romper, sino forzar a los otros componentes de la alianza a realinearse. Por eso la Cámpora va al acto pero llega tarde a la plaza. Obviamente, la magnitud de la crisis en marcha puede hacer explotar estos universos-burbuja, de los que sus participantes no pueden escapar, pero a los cuales buscan dar forma a partir de su propio centro de gravedad.

¿Qué es lo que une y separa a estos dos universos separados pero que se intersectan? Que representan a dos Argentinas distintas: una, aquella que es la expresión de los derrotados del sistema, desde pymes arrasadas por la competencia, hasta grandes capitales mercado-internistas siempre necesitados de subsidios, incluyendo a la burguesía prebendaría del club de la obra pública; otra, la del capital privado parcialmente independiente del Estado, en especial, las fracciones agrarias, las multinacionales, los “unicornios”. La zona de intersección es el mundo del trabajo, sobre todo, los empleados estatales en el universo “todista” y los de la economía privada, en particular, los “en blanco”, en el universo “juntista”. Estas son partes de cada uno de los universos que se tocan y se trasvasan según vaya la economía, hoy se arriman más hacia el juntismo, mañana a la inversa. La zona de contacto más fluida es otra: aquella en la que viven los que sobreviven de la caridad estatal, es decir, el mundo de la población sobrante, los desocupados, los piqueteros. Si el Estado tiene recursos, serán la base que sostenga a ese estado. Si no los tiene, serán la pólvora que lo hará desplomarse en medio de grandes convulsiones sociales. Pueden inclinarse para un lado o para otro con más facilidad que los anteriores. En sus intersticios, por abajo o más arriba, se cuelan otras expresiones que serán, salvo que la crisis los potencie, marginales: la izquierda del FITU y la ultraderecha de Milei.

El problema de este universo doble es que forma parte de un meta-universo, eso que llamamos la Argentina, cuyo proceso de descomposición histórica asume la forma de este bucle permanente entre opciones que en el fondo no lo son, porque la condición de supervivencia es este empate suicida: Macri no puede jugar a Milei, porque le estalla el país; Cristina no puede jugar a Maduro, porque le estalla el país. Ambos están condenados a caer siempre hacia un centro que los atrae fatalmente, un pantano en el que nada se mueve realmente. Se llame “gradualismo” o “realismo”, ni Cristina ni Macri pueden “radicalizarse”. Mucho menos ahora, cuando han perdido la centralidad que ocupaban en sus universos, que se han quedado, por razones diferentes, pero confluyentes, sin centro.

En última instancia, ese pantano del que todos son prisioneros, no es otra cosa que un país que desde hace setenta años no encuentra el rumbo para salir de la decadencia, porque la clase que lo creó y lo gobernó hasta ahora, la “burguesía nacional”, no puede sobrevivir sino fagocitando su propia creación. El agotamiento de estas formas políticas se expresa en la ausencia de toda perspectiva de futuro: ambos universos pueden decir lo que no quieren, pero ninguno de los dos sabe lo que quiere hacer con el país. Para eso, sería necesario que otra clase social, aquella que anida en los bordes de contacto de esos universos, decida dejar de ser satélite y comportarse con nuevo centro de gravedad. Dicho en criollo, es hora de que los obreros de este país superen el peronismo y dejen de ilusionarse con espejitos de colores liberales. Las elecciones del domingo, en este sentido, cambiaron la forma pero no el fondo del problema.

Eduardo Sartelli es doctor de la Universidad de Buenos Aires, con mención en Historia.

Es director del CEICS. Docente e investigador de las Universidades de Buenos Aires y de La Plata, participa activamente en el trabajo de todos los grupos de investigación y realiza una tarea de supervisión general de todas las tareas científicas y de divulgación del mismo. Se especializa en la historia agraria de la Argentina del siglo XX, pero ha incursionado también en la historia de la clase obrera argentina, en especial de comienzos del siglo XX. Bajo su responsabilidad general cae la producción de los grupos de investigación. En la actualidad se desempeña como titular de cátedra de la materia Historia Argentina III B, materia curricular de la carrera de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA).