Polini y la parábola del progresismo

Opinión Política Provinciales Representantes

Por Cristian Muriel

El último intendente de Coronel Du Graty, Juan Carlos Polini (53), es uno de los ocho diputados nacionales “ligados al campo” que acaban de recibir su diploma y en pocos días estarán listos para legislar para la felicidad del pueblo. Los ocho son de JxC menos uno, José Luis Espert.

Polini es farmacéutico y productor agropecuario. De su idea de “recuperar la cultura del trabajo” y su diagnóstico de que “es imposible que un 40% de la sociedad dependa del Estado”, se desprende que para él la pobreza tiene dos responsables: el Estado y los pobres.

“No puede ser que produzcamos alimento para millones de personas en el mundo y en Argentina la mitad de la población sea pobre”, insiste convencido de que la distribución de la riqueza es injusta y los perjudicados son el comercio y el campo.

Aclaremos este punto: para Polini tener mayores márgenes de ganancia implica poder producir más algodón, generar más empleos directos y su efecto multiplicador en los empleos indirectos, y así poner en marcha el círculo virtuoso del derrame. No se queja por las condonaciones de deudas a productores, pero no acepta que el Estado queme la guita en ayuda social.

Por eso, si su diagnóstico sobre la situación económica es un batiburrillo difuso en el que se mezclan porcentajes, atropellos kirchneristas e ideologemas, su propuesta para generar cambios positivos es concreta: bajar impuestos y eliminar las retenciones al campo.

PROGRESISTA

Polini lleva su mensaje evangelizador a todas partes: “Comienza un nuevo tiempo para el Chaco y el país”, dice mientras le entregan el diploma. “Somos la esperanza de un pueblo que el 14 de noviembre le dijo basta al modelo que nos gobierna”.

No se refiere a su pueblo, Du Graty, donde ganó, porque allí gobernaba él mismo; tampoco al pueblo del Chaco, porque allí le dieron vuelta la elección. Seguramente apunta al gobierno nacional. Ventajas de hablar con parábolas, como las que le permiten definirse como parte de “una clase dirigencial nueva y con ganas de cambiar muchas cosas”, a pesar de que las elecciones de medio término lo sorprendieron promediando su segundo mandato como jefe comunal.

“Somos un pueblo que quiere vivir en paz, retomar las políticas solidarias y progresistas que en algún momento de la historia nos llevaron a ser uno de los países más prósperos de la región”, continúa, inspirado. ¿Dijo “progresistas”?

“Tiempos en los que la cultura del trabajo, del estudio, de la superación personal, del orden y el respeto eran posibles porque había un Estado al servicio de los ciudadanos de bien”. Espere, Polini, por favor: “progresistas” y “orden y respeto” en una misma lista de cualidades no pinta bien. Es como hablar de seres imaginarios y agrupar a los unicornios y las momias en el mismo conjunto.

“El progresismo es progreso”, aclara finalmente. Era eso. Cree que son términos equivalentes. “Lo que llevó a que nuestra generación haya tenido más oportunidades que nuestros abuelos y nuestros padres, y a su vez que nuestros hijos puedan estar mejor que nosotros”, redondea.

Recordemos que no está ponderando a ningún gobierno sino a una suerte de fuerza elemental, intrínseca, de las sociedades modernas: el impulso del progreso. Cuando dice el Estado “al servicio de los ciudadanos de bien” –vale decir, de la gente como él, que labura– habla de un Estado que no se mete en lo que no le importa, que no jode al campo, motor de la economía, y que no gasta en planes.

Investiguemos ahora lo de “progresismo es progreso”. “Progresismo” como ideario político, nos dice Wikipedia, importa “el desarrollo de un estado de bienestar, la defensa de los derechos civiles, la participación ciudadana y la redistribución de la riqueza”, conceptos que están en las antípodas de los intereses y hasta del encuadre de Polini.

“Progreso” en el sentido polinesco es el modo en que las élites liberales, desde el siglo XIX hasta la actualidad, han imaginado el desarrollo de la sociedad como consecuencia del crecimiento de sus propios negocios. “Progreso” es acompañar al estanciero. No cobrarle impuestos ni aplicarle retenciones a las exportaciones. “Progreso” es, también, un Estado que mira para otro lado.

Un informe del Instituto Argentino para el Desarrollo Económico (IADE) difundido días atrás estimó que “cerca de 20% de las ventas argentinas de granos al resto del mundo no se declaran en el país”. Se calcula que en la última década, producto de distintos mecanismos de evasión y elusión, las empresas que exportan a través del puerto de Rosario le cantaron US$ 9.780 millones de impuestos al fisco.

Esas son las consecuencias de un modelo que, en lo esencial, gobierne quien gobierne, comparte la definición de “progreso”, es decir de un Estado que no cobra impuestos y mira para otro lado, de Juan Carlos Polini.