Silencio

Opinión Política Provinciales

Por Cristian Muriel

“Cuidado con la autocensura”, me decía un tigre viejo después de leer una nota de opinión en la que ponderaba la gestión del gobernador Capitanich. Para él, la glosa de la obra del montenegrino si no tenía las suficientes críticas estaba desbalanceada; era un panegírico, una alabanza. Y también era un poco deshonesta, producto del temor a perder la pauta.

Unos días más tarde le mostré otra opinión con fuertes críticas a la acción de gobierno. La respuesta me hizo reír: “Te fuiste al carajo. Sos un maniqueo. Capitanich tendrá un montón de defectos pero es lo mejor que tenemos: es la última línea de defensa contra la derecha”.

Pensé: “No hay elemento oblongo que le venga bien”. Pero más adelante, meditando, llegué a la conclusión de que el problema no era lo que decía, sino que abriera la boca. El colmo de la excelencia en la enunciación política, su consumación, se sintetizaba en esta sentencia: “Entre el dictum y el modus, elijo el silencio”.

Para los políticos orgánicos nunca hay algo mejor que el silencio. Es la esencia de la rosca. En el silencio y en la oscuridad se conspira mientras crecen cosas nuevas y, si todo sale mal, se sobrevive. Los trapos sucios se lavan en silencio.

Y eso, el silencio como factor dinámico de la realpolitik, es el Lado B de la foto que Jorge Capitanich se sacó en el PJ, al lado de su Vice, Élida Cuesta, el lunes.

El lenguaje gestual de los y las comensales es pornografía para psicólogos. Sólo ríen los jefes y los conchabados. El resto, los semblantes cruzados por un rictus deformante, calla. Sobre la mesa, delante de cada uno de los presentes descansa una carpetita que reza: “AHORA TODOS JUNTOS”. Son las que sobraron de la convocatoria a las fuerzas políticas con representación parlamentaria a la que sólo acudió el oficialismo.

Cabe imaginar que Capitanich reunió al Consejo Provincial del PJ para que le dijeran lo que tuvieran para decirle, si es que tenían los huevos y los ovarios bien puestos, luego de haber tomado la decisión política más controvertida de su carrera: sepultar cualquier conato de “coquismo” cediéndole un poder del Estado al sector border-peronista que más hizo para socavarlo, como pago por un acuerdo electoral.

Si alguien le cantó las cuarenta, no trascendió.

“Tenemos una agenda de trabajo donde tratamos el acuerdo de Argentina con el FMI, el fortalecimiento de las unidades básicas y de la infraestructura del Partido”, contó Capitanich en Facebook. En el catálogo del chamuyo para explicar fotos con gente figura “la agenda de trabajo”. De otro modo, es decir, si fuera cierto que analizaron el acuerdo con el Fondo, imagine el lector a varios de esos referentes intercambiando impresiones sobre macroeconomía con sus pares.

Después fue al hueso: “Vamos a fortalecer las redes virtuales y llevaremos adelante campamentos de debate promoviendo una doctrina popular, democrática y cristiana. Fomentamos el debate y el diálogo entre todos y todas”. Impacta el tiro del final más allá de la imagen bucólica del damasco estival en un descampado de Isla del Cerrito o Mesón de Fierro.

Fue desde el silencio que brotaron las mejores reflexiones, que no tenemos permitido reproducir textualmente para no deschavar a los protagonistas. La lectura optimista es que ojalá la decisión de Capitanich de cerrar con el gustavismo de cara a 2023 “genere anticuerpos” en el Partido. La lectura dominante, sombría, es que el gobernador pagó un costo demasiado alto y que se compró un problema en el corto plazo, porque le dio más margen de apriete al CER y, lo que es peor, liquidado el coquismo como espacio político, los ministerios y secretarías y organismos a partir de este momento no son más que saldos en un bazar.