Peronismo opioide

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Por Cristian Muriel

La frase no es mía, es de un joven dirigente peronista con el que intentábamos analizar anoche la clase magistral de Cristina Fernández de Kirchner en Resistencia, y nos prometíamos volver a escucharla detenidamente.

¿Por qué importa leer a Cristina y en qué clave es mejor hacerlo? Importa por la claridad conceptual para poner en perspectiva la coyuntura revisando el pasado y atisbando con agudeza el futuro, los próximos treinta, cincuenta años. Hay que leerla en clave política, sin apasionamientos.

Cristina expone procesos históricos en su condición de realidades operativas para el presente (v.g. El capitalismo como dimensión universal transversal, trascendente pero pasible de revisión; la Revolución Francesa como mito de origen del liberalismo actual; los procesos políticos argentinos como ejemplos de puja distributiva, lucha de intereses y ejercicio del poder).

Razonando con un pragmatismo que abruma, de forma que a veces la persona más importante del país no es el presidente sino el ñato que se agarra a trompadas con los empresarios formadores de precios en una mesa de negociación, a Cristina le resulta sencillo ubicar en el mapa político, de un lado, a los gobiernos nacionales y populares, como los tres de los que formó parte; y del otro a los gobiernos neoliberales, en los que el secretario de Comercio Interior puede ser el sobrino de un supermercadista y el ministro de Energía el expresidente de Shell. No hace un juicio de valor, sólo expone de qué lado están unos y otros. Y aclara: “A los peronistas no nos resulta difícil entender lo que es el capitalismo de Estado”.

Cristina dice que las leyes de las naciones son insuficientes y que no se cumplen y que el instituto del amparo hace fútil las buenas intenciones de los legisladores, y dice que las constituciones liberales, que son las que estructuran los sistemas jurídicos, datan de 1789, son rémoras. Porque no había forma 230 años atrás de entender a dónde iría a parar el mundo. EEUU enmendó 27 veces su Carta Magna; Argentina, entre reformas y estatutos militares, diez.

Presentado el mapa del presente como el resultado de procesos históricos y como disputa capitalista permanente, se entiende por qué en una nación actual es tan importante y es un botín el sistema de Justicia, y por qué una Corte de cuatro tipos no balancea el sistema republicano sino que amenaza sus valores fundamentales.

Cristina describe un esquema en el que el poder económico concentrado teje alianzas con el Poder Judicial para cuidar sus intereses, mientras el Poder Ejecutivo o bien promueve esas alianzas o bien se arrodilla, servil o acorralado, y el Parlamento aporta el cotillón porque, seamos honestos, ¿para qué sirve un Congreso si cuatro tipos pueden declarar inconstitucional una ley dieciséis años después de que fue promulgada y exhumar una norma anterior, que por algo había sido derogada, insuflándole vida, como Cristo a Lázaro, con el único propósito de recuperar para ellos el control del Consejo de la Magistratura, es decir, de sus miles de soldados, los jueces y juezas de la patria, los que eventualmente dictarán cautelares que favorezcan o perjudiquen los intereses que se intenta custodiar?

Cristina también habla del futuro. Nos dice que esta coyuntura es el resultado de la Historia, que es posible superarla. Tampoco hoy sabemos qué va a pasar dentro de 230 años, pero lo que es seguro es que, como están las cosas, podemos esperar un porvenir sombrío. Si la generación de la Revolución Francesa, empoderada, pudo dejar atrás el Ancien Régim, la monarquía absoluta de Luis XVI, para ir hacia un mundo mejor deberíamos ser al menos igual de valientes, porque hay que ponerse manos a la obra. No hay tiempo que perder.

Con este amigo dirigente nos sorprendíamos de cómo la vicepresidenta hace hablar a todo el país de ella y nos lleva a patadas en el culo al campo del pensamiento y la acción. Él entonces hizo el hallazgo del título: “Estamos en un peronismo opioide”. Que es lo que explica los tirones de oreja de la expositora.

Cristina es la síntesis del intelectual, el militante, el estadista y el líder; de les. Por eso puso en su lugar a todos y todas, incluido Coqui Capitanich, a quien claramente respeta y quiere; pero lo puso en su lugar (con una frase de cortesía, un “vos eras muy jovencito”) no porque no valore su proyecto presidencialista sino para recordarle que el 2023, el 2025 y seguramente el 2027 son posibles, pero no se podrán conquistar prescindiendo de ella. Después salió del salón de actos y saludó a los militantes que agitaban sus banderas. El bis del final.

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