Con las organizaciones hasta acá, con Cristina un poco más lejos

Opinión Política

Por Cristian Muriel

En mi opinión Cristina esclarece, nos pone frente al espejo de nuestro romanticismo adolescente y nos recuerda que no todo lo que brilla es oro, que ya sea en el FdT, en el PJ o en el territorio, a veces hay que ponerse duros y otras veces hay que ser como el agua para volver a la fuente. Por eso en este debate a las organizaciones sociales las banco hasta acá, pero a Cristina un poco más lejos.

En una nota de opinión titulada “Siguen corriendo el arco a la derecha” mi amigo Marcelo Salgado se puso de lado de las orgas: “A diferencia de CFK y Macri, ningún piquetero fue presidente, gobernador o intendente, es decir tuvo la lapicera para firmar los destinos del país, resolver la pobreza y la creación de empleo”. Es cierto, pero también lo es que han ingresado al Estado para controlar todos los eslabones de la cadena de producción de planes sociales y disputarle poder al gobierno que les abrió la puerta. Es el Estado financiando espacios políticos que hoy son aliados y mañana pueden ser adversarios, como ha quedado demostrado.

En el campo del que es parte –el campo popular, que comparte con esas organizaciones que cuestiona, y que también fueron esenciales en la etapa de la “transversalidad”, y con las que disputa legítimamente– Cristina nos obliga a revisar los principios políticos que nos planteamos en el pasado entendiendo que la historia es dinámica, que hay procesos, y que hoy no es el 2001 ni el 2003 ni el 2015. Hoy no está Néstor con el 21 por ciento de los votos y todo el futuro por delante sino Alberto con una intención de voto marginal y todo el pasado por detrás.

La crítica de Cristina a los movimientos sociales en el plenario de la CTA va más allá de rencillas entre La Cámpora y el Movimiento Evita; y más allá de la referencia de Alberto Fernández a las organizaciones que hacen “picardías que nosotros no convalidamos”. Pero hagamos un repaso.

Del Movimiento Evita se cuestiona la forma en que se alejó del kirchnerismo, sus contorsiones durante el macrismo y su albertismo posicional, pero también su manejo de los recursos. Ejemplo chaqueño: en marzo de 2020 Barrios de Pie confrontó a Osvaldo Chiaramonte, principal referente del Movimiento Evita en Chaco y secretario de Economía Popular (hoy es vicepresidente del Instituto de Agricultura Familiar y Economía Popular), al señalar que “la distribución de programas se hizo con un claro beneficio de los movimientos sociales vinculados al Evita, agrupación a la que pertenece Chiaramonte, y a sus aliados”.

La cartera social nacional administra 85 de los 141 planes existentes (sin contar la AUH y los programas provinciales). En un país con más de 20 millones de beneficiarios de algún tipo de ayuda social, dos de los principales funcionarios nacionales encargados de su “distribución equitativa” son Emilio Pérsico, secretario de Economía Social en DDSS, y Fernando “Chino” Navarro, secretario de Relaciones Políticas y Parlamentarias en la Jefatura de Gabinete; ambos dirigentes del Movimiento Evita. En la otra punta estaba Chiaramonte: no es broma que controlan toda la cadena de distribución.

Pero el problema de fondo que planteó Cristina no fue el manejo de esos recursos ni los piquetes ni la criminalización de la protesta; no fue la chicana del Frente Integrador chaqueño a los dirigentes que se compran departamentos en el centro, ni la obcecación libertaria de Zdero contra “la privatización de las rutas”. Lo que planteó Cristina fue la renuncia del Estado a hacerse cargo de las políticas públicas para generar fuentes de trabajo, una histórica bandera peronista.

El ciclo que arranca “al calor de los piquetes” en 2001 está agotado y se necesitan dólares para sobrevivir en este mundo en transición. Para tener dólares, como no los fabricamos, hay que exportar. Las exportaciones suponen un crecimiento natural de la economía y más fuentes de trabajo genuino, sobre todo si son de escala industrial. Cristina lo expuso en una frase: “Eso no es peronismo, peronismo es dar laburo”.

También blanqueó la tercerización del albertismo en el Movimiento Evita (“Si Evita los viera… ¡Mamita!”) y, finalmente, puso frente a frente dos términos que parecían complementarios: la “economía capitalista” y la “economía popular”, designación que según el analista Pablo Estere es un recurso para ocultar “la capa más pauperizada de la clase obrera”. Es decir, en vez de traer peronísticamente a esos excluidos de vuelta a la mesa, se les diseña una economía ad hoc, con leyes especiales y 1.300.000 planes sociales, y se pone a cargo a dos dirigentes de una de las “200 organizaciones” existentes, socios circunstanciales empoderados gracias al Estado.

El análisis del Evita también debe formar parte del debate: “Hoy la realidad del trabajo la expresan las organizaciones sociales en conjunto con los sindicatos. En las fábricas y en los barrios. En relación de dependencia en una empresa privada y en cooperativas y unidades productivas. La economía popular es la expresión de esta nueva realidad del trabajo que tenemos que dignificar y dotar de derechos para construir las instituciones que requieren los descamisados del presente”.

No se equivocan, pero confirman la preocupación de Cristina: “Eso no es peronismo”.