Amigos del alma

Lectores Opinión Provinciales Sociedad

Por Mónica Persoglia

El pueblo tenía una hermosa plaza, el club deportivo, la municipalidad, a la vuelta la oficina de correos y a una cuadra y media la comisaria.

Había dos escuelas, la del pueblo y la del campo, a unas cuantas leguas.

Albertito era hijo del comisario, la autoridad junto al intendente.

Albertito jugaba todas las siestas a las figuritas y bolitas con el hijo de la directora de la escuela rural, se llamaba VICTOR. Con él recorrían las calles de tierra del pueblo, iban juntos a las fiestas comunales, participaban de los partidos de futbol, y se contaban secretos, preguntas de adolescentes, y compartían con cosquilleo el sentimiento de algún enamoramiento de alguna compañerita. Los iba sorprendiendo los nuevos sentimientos y las nuevas sensaciones, y se la decían casi en secreto.

Alberto a los dieciocho años se mudó a una ciudad para estudiar, sólo se encontraba con Víctor en las vacaciones y se fundían en un abrazo. Víctor se dedicó al campo.

Alberto no regresó a vivir al pueblo, ya profesional formó su familia, tenía sus amigos que había conocido durante su estadía y a través de Aida su esposa.

Los amigos de la adultez son diferentes a los de la niñez, de pequeños los une un sentimiento y la cercanía, de adultos se buscan o encuentran aquellos que comparten intereses o gustos similares. La vida a veces los lleva lejos de sus amigos y puede perdurar. Los verdaderos son quienes saben entender al otro y acompañar en las malas y festejar en momentos de alegría.

Alberto se reencontró con Víctor a través de las redes sociales, sus vidas habían sido diferentes, la alegría del reencuentro reavivó el sentimiento del vínculo, allí estaban luego de cuarenta años unidos como hermanos, celebrando la vida. Un sentimiento fraterno, puro, universal. Los dos en sus charlas rieron como niños, y la despedida fue UN HASTA PRONTO parecía que el corazón con sus latidos lo había dicho…