Shopenhauer

Opinión Política Provinciales

Por Cristian Muriel

Es el referente chaqueño de Republicanos Unidos, el partido de Ricardo López Murphy, pero su discurso hortera está hecho de charlas TED y recortes arrastrados por la ligera brisa de Internet. Nada que ver con el expoliministro de De la Rúa.

No sé si lo tienen. Iván Gyöker. 27 años, cosplay, consultor político, irreverente titular de la oenegé “Práctica ciudadana”, dedicada a confeccionar cuadros sinópticos, y excandidato a diputado nacional por un sublema macrista. Un producto de su época que aspira a ser un prototipo de su generación. De él quiero hablar.

Todo empezó con un encuentro fortuito y un poco desafortunado: una queja inofensiva en Instagram, posteada en 2021, que me puso en modo psycho killer: “No habían boletas con mi nombre”, decía Gyöker. Para algunos compañeros el límite es la honestidad; para otros, la decencia. Para mí, que oficio de observador, el límite es saber emplear el verbo “haber”.

Ya estoy de culo. Para evitar el sesgo cognitivo de confirmación, esa maldita tendencia a elegir las interpretaciones que refuerzan nuestras propias creencias, me digo que no lo hace por bruto sino para denunciar elípticamente el deterioro del sistema educativo del que fue víctima. Por supuesto no me lo creo.

Bajo un cambio y googleo. Lo encuentro vomitando en Twitter, al amanecer, después de una borrachera épica. Es 2019, en dos años será precandidato a diputado. “Me difaman. Me dolía la panza y no fue debido a estar muy ebrio. Y sobre tomar, soy un hombre que cede al placer siempre”, bromea. Y en otro tuit, otro día, completa: “Chaco es una trituradora de esperanza, conocimiento y voluntad. Hay que estar enfermo para quedarse”. Al final se queda.

Conforme lo estalqueo (o, como dicen ahora, “investigo”) me convenzo de que el “filtro burbuja” me está jugando una mala pasada. (“Filtro burbuja” es un término acuñado por Eli Pariser para referirse al aislamiento intelectual al que nos llevan los algoritmos de las páginas web al personalizar el resultado de nuestras búsquedas: como Google sabe que no me gustan los liberales y tengo un TOC con el verbo “haber”, me complace mostrándome lo peor de Iván).

“La tercera es la vencida”, pienso. Me mudo a Bing. Ahora sí me aparecen sus pensamientos célebres. El primero es “Hagamos lo que nadie hizo”, que si no fuera por la poca fe que ya le tengo, diría que está inspirado en la famosa sentencia de Herbert Marcuse sobre el Mayo Francés (“Seamos realistas, pidamos lo imposible”). El segundo eslogan tiene menos chapa pero más punch: “Discutiré con quien sea sobre lo que sea”; tampoco lo inventó: lo copió de un meme que ya era viejo en 2019. El último, “Que no nos tomen por boludos”, directamente se lo afanó a Roberto Navarro, que ya lo usaba en 2015. Iván sabe que lo que está en las redes es de todos.

Entonces, el milagro: aparece en un videíto de Instagram recordando lo bien que estuvo el otro día en un “taller de debate y política joven” que dictó para un grupo de seguidores. “Lo que está muy bueno que nos deja Shopenhauer –dice y señala un powerpoint– es esto último: sólo hay que debatir con aquellos que emplean razones, no sentencias inapelables. ‘Sentencia inapelable’ es el que te dice una verdad indiscutible; el que dice ‘vos querés ir al gobierno porque odiás a los pobres’”. Iván es una mezcla prodigiosa de Santiago Noestudienada y Dicky del Solar.

La frase de Arthur Shopenhauer pertenece al clásico “El arte de tener razón”, publicado en 1864, cuatro años después de su muerte, y compila 38 “estratagemas de mala fe” para ganar cualquier debate, tengamos razón o no. Con el tiempo estas tretas se empezaron a aplicar en política, y como Gyöker es una esponja, también las absorbió y ahora las comparte. Recuerdo que en 2021 se cruzó un par de veces con Rodrigo Ocampo y no lo manejó con pericia. Ahora está mejor preparado. Mientras nuestra “gloriosa” desaprende u olvida, la rebeldía por derecha se fortalece.

Por eso me digo que a esta altura lo que importa no son sus inconsistencias; lo importante es que Gyöker está haciendo lo que no hacen sus adversarios: política. Mientras algún funcionario propone arduos y onerosos ingenios de amontonamiento de “juventudes” o recitales para pibes y pibas que el año que viene van a votar a Macri o a Milei; mientras las organizaciones juveniles del progresismo se encierran en sus ghettos, Gyöker hace su tarea en apariencia insustancial; echa su meadita en la rueda del mismo auto y en el mismo arbolito una y otra vez; toca, ingrávido y eficaz, cada uno de los temas que son tendencia; se instala en la retina de sus contemporáneos. ¿Miente? ¿Exagera? ¿Confunde? Tal vez.

Nuestro “Divino Tesoro” sigue encerrado en una “echo chamber” que siempre le devuelve, amplificada, la imagen de sus propias ideas. Medita, como dice Gyöker, “sentencias inapelables”. Insiste en que el pendejo de Pampa del Infierno no es un niño de verdad; se contonea frente al espejo. Hace bien Gyöker en optar por no debatir con ellos, con sus “verdades indiscutibles”, como hizo bien Carlos Menem en no presentarse al debate con Angeloz. ¿Para qué?